Una experiencia en Zimbabue |
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“TEÑIDOS DE ÁFRICA” El verano pasado vivimos tres semanas en Zimbabwe, visitando y acompañando a nuestro amigo Luis Carlos, misionero en Dandanda. Fueron días muy intensos, llenos de vivencias nuevas y bonitas experiencias. Nos gustaría compartir parte de ese viaje, porque ha dejado en nosotros una huella imborrable. Desde nuestra experiencia, creemos que África hay que vivirla, no conocerla sólo como un turista. Hay que vivirla, sentirla dentro, dejar que te golpee, te sacuda y zarandee, te acaricie y te estremezca. Podría decirse que África mancha o, más bien, tiñe lo que toca, cambia los colores de tu mundo y lo hace más grande, más vivo. Desde el primer momento del día en que la luz del amanecer tiñe el cielo de rojo, un rojo diferente al de otros sitios, hasta volver a teñirlo del mismo color al anochecer, recordándote dar las gracias a Dios por el día que termina. Todo el día transcurre teñido de nuevos colores y de nuevos brillos, diferentes tonos de piel; el nuestro, el de los amakiwa (los blancos) es el que llama la atención, quién lo diría… porque el suyo más oscuro no llama nada la atención. El blanco de sus ojos, de sus sonrisas, el marrón del polvo del camino, que todo lo ensucia, el amarillo de la hierba seca que recogen para arreglar los techos viejos, el tono metálico de la corteza de los baobabs y, sobre todo, el brillo especial de la alegría y las sonrisas con las que nos reciben siempre. África también tiñe los sonidos, el viento entre los grandes árboles, perros, gatos, gallos, pollos y gallinas de guinea, son los sonidos que nos acompañan, sonidos nuevos como el rugido de un león que oímos una noche cerca de un parque natural; pero, sobre todo, tiñe la Eucaristía, llenándola de canciones, palmas, acordes de percusión, bailes, y ritmos. Desde bien pronto sentimos cómo tiñe nuestra piel y nuestro tacto, con los primeros rayos de sol, ya puedes sentir el calor, tenue en agosto al ser invierno, pero implacable los meses de verano. A lo largo del día te acompaña la sensación que notas con cada paso que das por esa fina arena que lo cubre todo, pero lo que más te tiñe es el contacto con la gente, sentir el esfuerzo del duro trabajo diario de toda una vida cuando das la mano a un anciano, o sentir la fuerza latente en el abrazo de un niño o el calor del cariño que notas cuando cogen tu mano entre las suyas, como señal de respeto, al recibirte en sus casas o al despedirse de ti. Algo que te tiñe constantemente son los olores, esa fragancia a vegetación, a grandes semillas abiertas bajo el sol y en todos los sitios el olor a humo y hoguera, permanentemente encendida, para cocinar, calentar e iluminar de noche, aroma que te envuelve hasta impregnar tu pelo, tu ropa y tu piel con el olor característico de los umuzis (sus casas). Cómo no, Zimbabwe tiñó nuestro gusto de nuevos sabores, los de los alimentos que las diferentes comunidades y los misioneros han compartido generosamente con nosotros: pollo, vaca, cabra, arroz, verdura, calabaza, más verdura, amatemba, patatas, cacahuetes recién tostados, bans (una especie de buñuelos riquísimos)… pero por encima de todos, el sabor de la Isitshwala, masa de harina de maíz y agua, de larga y trabajosa elaboración, que e Cuando pensamos en nuestro amigo Luis Carlos, en Serafín y en muchos otros misioneros que hemos conocido, no podemos evitar que nos aparezca una sonrisa y le demos las gracias a Dios por habernos permitido acercarnos un poquito a aquella realidad tan diferente a la nuestra y que tanto nos ha enseñado. Allí hemos experimentado lo que es que no te hagan sentirte extranjero en un lugar donde lo eres, no sentirte triste por lo que no posees sino afortunado por lo que sí tienes y no pensar tanto en si el mundo es justo o no es justo en uno de los lugares más injustos del mundo. Y por eso ahora, aunque la vida aparentemente siga igual, algo en nosotros ha dejado de mirarse tanto el ombligo y recuerda con cariño lo que es la entrega de verdad y en mayúsculas, la de los detalles pequeños y la de los grandes gestos, la que hace personas a la gente: caminar muchos kilómetros para celebrar la eucaristía o juntarte con los catequistas de tu comunidad, no tener dinero para tu propia casa, pero construir la iglesia, quedarte sin comer para dar de comer a las visitas. Eso es lo que nos ha teñido en África. Niños que caminan descalzos cargados de pesados cubos de agua sin perder la sonrisa, madres que llevan a sus hijos a la espalda desde que amanece hasta que anochece, hospitales donde los enfermos duermen en el suelo y tienen que preparar su propia comida, escuelas sin pupitres, familias sin televisión, bodas sin reportaje fotográfico… pero en todo ello, montones de amor, kilos de respeto y litros de cariño, humildad y generosidad. Dicen que no se conoce el milagro africano hasta que no se está allí y se ve de cerca, puede ser, pero queremos creer que incluso desde la distancia es posible sentirlo, porque allí hemos aprendido que con esperanza y fe hasta lo más difícil puede conseguirse, así que intentaremos no olvidarlo nunca. Solo nos queda decir: Gracias África por todos esos tintes que nos has regalado, pero gracias, sobre todo, por los tintes que no se van con los lavados, los tintes de la generosidad, de la sonrisa de la gente, del respeto a los mayores, de la misión, de la importancia de la familia, del esfuerzo, de la naturaleza salvaje, del trabajo, de la fe, del saludo en el camino, del tiempo de convivencia, de la cena alrededor de la hoguera, de la oración, de los juegos con los niños, de las canciones de la Eucaristía y de la esperanza en que algún día el mundo será un lugar mejor para todos. Raúl y Bea. |
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