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El milagro de la carretilla
Aquél anciano, si me descuido “me besa los pies”. Efectivamente, y no por mis méritos sino por la bajeza y la humildad de las que sólo algunos pueden alardear. Es este “Mthinkulu” un hombre mayor, desgastado, pobre y falto de oído y fuerzas.
Alguien nos dio la voz de alarma: “Hay una familia que pide comer”. Ciertamente cuando alguien llega a esta lamentable situación de tener que pedir para comer, es que realmente pasa hambre.
Concertamos un día y el anciano se llegó a la Misión empujando desde su casa a unos 3 Kms, una vieja y pesada carretilla. Viendo su delicado estado físico de debilidad y aprovechando que yo salía en su misma dirección, después de darle maíz y la carne enlatada que esos días habíamos recibido para los necesitados, me ofrecí a acercarlo a su casa. Tan falto de fuerzas estaba que al echar la carretilla al coche se desplomó. Todo quedó en un pequeño susto.
A los pocos días me acerqué a su casa con 40 Kg de harina de maíz. A unas decenas de metros ví a distancia un niño al que di aviso de llamar al abuelo y venir a recoger la comida. Al poco rato aparecieron un niño y una niña de unos 5 años con la susodicha carretilla que apenas podían levantar del suelo y hacer rodar. Viendo que el abuelo no llegaba decidí acercarme hasta la casa. Había llovido a jarros aquella tarde y esto afectó aún más el lamentable estado en que encontré las cabañas, algunas semiderruidas y agrietadas, espejo fidelísimo de la situación de quienes allí vivían. Una jóven se acercó a recibirme. ¿Cuántos vivís aquí? - le pregunté. – Creo que somos quince - respondió. Al poco llegó la abuela y me hizo entrar en la cocina, una choza destartalada, con la puerta ladeada y colgando, oscura y lúgubre en su interior, carente de asiento alguno, cacharros u otros enseres necesarios, el lugar del fuego en el centro y unas ropas viejas por el suelo. Cerca del fuego dormitaban sobre una estera un par de niños. – Saludad al padre, - dijo la abuela a la vez que con fuerza los levantaba del brazo y los incorporaba. En vano les hablaba pues ellos caían de nuevo al suelo vencidos por el profundo sueño. – Son gemelos - continuó- , su madre murió por estas mismas fechas hace ahora un año. “Al perro flaco todo se le vuelven pulgas” me pensé para mis adentros. Otra niña me miraba aturdida viendo que el padre blanco se encontraba nada menos que en su propia casa. Dejé la comida que otros cristianos habían dado el año pasado a la misión para compartir con los más necesitados e insistí en que comieran bien y en pedir más en cuando se acabase. Allá los dejé, abuelo, abuela, nietos y demás, boquiabiertos y viendo visiones, sin acabar de creérselo. Hace sólo un momento sin nada para cenar y ahora con un saco de harina como quien dice caído del cielo.
Y es que el hambre no pertenece a épocas pasadas o historias que oímos contar a nuestros abuelos. Es sin duda el gran problema del mundo por mucho que otros se empeñen en hacernos creer que estamos en la peor de las crisis y que tenemos que apretarnos el cinturón, con lo cual ya se nos insinúa que no hay lugar para la solidaridad ni el compartir. Esta mentalidad no se supera sino desde una profunda conversión del corazón que nos posibilite ver más allá de nuestras propias narices.
Sé que hay muchos “Mthimkulus” en el lugar donde vivo. Puedo no darme cuenta de su presencia, ignorarlos o pasar de largo, pero lo peor es quizá acostumbrarme a verlos con la naturalidad de quien vive entre ellos sin que ya nada ni nadie me llame la atención y, aquello que en un principio fue choque y cuestionamiento quede asimilado como parte del paisaje y de la cotidianeidad. Entonces habré perdido la capacidad de admiración y acto seguido vendrá el fracaso de mi llamada.
Entretanto sigo aquí, en este maravilloso rincón del mundo al que Dios me ha enviado, encantado con la misión y el papel que me ha tocado rodar en esta parte de mi vida, con mucho trabajo por hacer y muchas heridas por vendar, pero siempre siempre con una Buena Noticia que anunciar. Y por favor, que a uno no se le pase por la cabeza el que le tengan que besar los pies por ello.
Luis Carlos Rilova.
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