Testimonio de Ángel Becerril

MI DIOCESANEIDAD

 Mi vocación misionera se incubó con un fuerte deseo de ir a América Latina a través de la entonces creciente organización misionera del episcopado español: la OCSHA. Eran los años de 1956 y 1957. El rector del seminario hispano-americano procedía de un pueblo vecino al mío en Palencia y en él se formaban bastantes seminaristas de mi tierra a quienes yo conocía. Varios desarrollaron más tarde su vocación misionera en Venezuela, en Perú, en Chile o en Argentina. Algunos aun trabajan en los citados países con una historia de cuarenta o de cincuenta años de servicio a la iglesia misionera en zonas pobres de latino-América.

Personalmente no me considero más misionero que ellos. Tampoco me siento menos diocesano de Palencia que ninguno de esos compatriotas míos. En la diócesis de Palencia nos tratan a todos con los mismos patrones de acogida y apoyo. Mi ser del IEME o su ser de la OCSHA no añade ni quita nada a nuestro ser diocesano. Es cierto que la geografía y el factor tiempo crean distancias y acarrean un desconocimiento del día a día de unos y de otros, en Perú para el de OCSHA o en Tailandia para el de IEME, e incluso, en otros grados menores, para algunos que ejercen el ministerio dentro de la diócesis. Esas distancias, que con el tiempo y el paso de generaciones se traducen en desconocimiento personal, no restan aprecio, simpatía o admiración.

Tengo que confesar que después de tantos años caminando por los barrios de la aldea global desconozco a muchos sacerdotes de mi diócesis de origen.  No pocos  me han dado a entender en varias ocasiones que están orgullosos de que los misioneros estemos trabajando en alguno de esos barrios lejanos de la aldea global, ya sea en Perú, por referencia al miembro de OCSHA, o en Tailandia, por referencia al del IEME. Por tanto, el ser del IEME no me quita el ser diocesano de Palencia.

En concreto ahora estoy ejerciendo el ministerio de presbítero y de misionero en la diócesis de Udon Thani en Tailandia. No soy religioso y me identifico en todo lo que puedo con el ser diocesano de Udon Thani. Pero es un hecho claro que, por estar ubicado en Udon Thani, mi ser diocesano de Palencia se encuentra “disminuido”. Igualmente, por proceder de la lejana y desconocida  Palencia, mi ser diocesano de Udon Thani esta tambien “disminuido”. Acarreo a mis espaldas dos “disminuciones”.

 La constatación de esas “disminuciones”  me debería hacer más humilde, tanto en la diócesis de origen como en la de destino. Ni en una ni en otra he de buscar el ser conocido, ni el ser re-conocido, ni el adquirir protagonismo. Mi ser misionero hoy comporta una aceptación de esa limitación. No soy un “héroe” ante mis compañeros de Palencia;  tampoco soy el “salvador” de los tailandeses en Udon Thani.  He de aceptar este hecho con naturalidad y con humildad  no sea que de palos al aire.

Hoy hemos descubierto el valor de lo pequeño. Y por el mismo camino hemos llegado a valorar más la comunidad particular. Simultáneamente hemos profundizado un poco más en la dimensión teológica de la iglesia diocesana. Así hemos dado alcance a la diocesaneidad. Damos gracias a Dios por ello. Soy palentino y diocesano de Palencia.

¡Pero, yo no escogí ser palentino ni opte por la diócesis de Palencia en la que nací y en la que estoy “incardinado”!  Soy feliz siendo palentino y me llena de satisfacción ser sacerdote diocesano de Palencia. Pero yo podría haber nacido en Huelva, o en Girona y así hablaría familiarmente con  Dios en un catalán perfecto. Si lo que importa no es el color de la piel tampoco las otras connotaciones del lugar de origen. Moraleja: lo que me salva no es la diocesaneidad ni el ser palentino. Circuncidado o sin circuncidar uno puede ser totalmente de Cristo.

La “incardinación” me debe abrir a otros mundos. Cuando la puerta está bien colocada en el “cardo” (en el quicio) podrá abrirse sin chirriar. Cuando la puerta no está bien asentada en el quicio queda trabada y cerrada. Una diocesaneidad cerrada, no respira los aires libres de la calle. Deseo estar centrado en el quicio y abierto al amplio mundo.

 

 

Ángel Becerril.