Reflexiones desde Tailandia |
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EL "MUGOTI" DE LA SEÑORA "YEUKAI" "Yeukai" es un nombre de mujer en la lengua Shona, la más hablada en Zimbabwe. Significa recuerdo, o más exactamente, recordad. La señora Yeukai y su marido vivían en la zona sur del país donde sus padres y ancestros nacieron y cultivaron tierras ya poco productivas. Por la década de los sesenta y setenta del siglo pasado, el gobierno abrió nuevas tierras más fértiles en la inhóspita zona del norte cercana al río Zambeza. A esa provincia de Gokwe fui destinado a ejercer el ministerio en 1965. Cuando "Yeukai" empaquetó su pequeña propiedad y se dispuso con su marido a emprender la nueva aventura, se aseguró bien de que entre los utensilios de cocina estuviera incluido el "mugoti", refinada paleta de madera que se usa en la cocina para hacer la pasta de harina de maíz que constituye la comida básica en aquellas tierras. Esa pasta se llama "sadza" , que es como el pan nuestro de cada día. En aquellas tierras, sin "sadza" es imposible vivir y sin "mugoti" no se puede cocinar la "sadza". La señora "Yeukai" podía haber pensado que al llegar a su nueva tierra haría un nuevo "mugoti" de los muchos árboles que tenían que cortar al roturar los nuevos campos. Pero ella era consciente de que no podía dejar aquel "mugoti" que su madre le había regalado como recuerdo antes de morir y que estaba hecho de madera de teka por un experto carpintero. En Zimbabwe, toda niña y adolescente aprende a hacer la "sadza" de manos de su madre, que amaestra a la hija en todos los movimientos del "mugoti". Ya de joven, "Yeukai" cocinó la comida para la familia incontables veces y se adiestró en el uso del "mugoti". Ese "mugoti" de la madre había hecho comida en los días en que el maíz escaseaba. Sabía lo que era el hambre. Ese mismo "mugoti" había hecho sabrosa comida en días de celebraciones comunitarias cuando abundaba la "sadza". Conocía la pasta de maíz y la de mijo con su rancio gusto tradicional. No había grano de los antepasados que ese "mugoti" no hubiera transformado en sabroso alimento. Ese "mugoti" conocía la historia de la familia a la que había sostenido y fortalecido en tiempos difíciles. En la sencilla cocina de la señora "Yeukai" pude apreciar que había utensilios ya modernos ordenadamente colgados en la estantería. El "mugoti" era más vetusto que los otros utensilios, junto a los que contrastaba como un recuerdo de antigüedad, algo pasado de moda. Pero en la cocina de "Yeukai" no podía faltar ese recuerdo. Lo miraba y lo usaba con un cariño especial. Esta señora "Yeukai" siempre me ha recordado a la Iglesia. En la sencillez y en la pobreza de su cocina la iglesia guarda un tesoro que ha heredado y que le permite preparar el alimento de todos sus miembros: la Eucaristía, esa "sadza" o pan de vida. Lo recibió de labios de su Señor antes de que este muriera, como señal de su amor y como don entregado para guardar y llevar a donde quiera que se trasladase. El experto carpintero cinceló ese "mugoti" de la madera noble sobre la cual descansó las ultimas horas de su vida. Para algunos de nosotros hoy día podría aparecer como un utensilio anticuado y gastado por el repetido uso. Cada día y en todos los lugares se repite dicha comida. Pero está cargado de recuerdos de la juventud. Este "mugoti" de la iglesia, el sacramento de la Eucaristía, la ha acompañado en su caminar por los siglos y en todos los rincones de la tierra. Ahí ha estado presente en los días de escasez y de hambre y en banquetes multitudinarios y solemnes. El "mugoti" de la Eucaristía sabe de dolores y de alegrías, de persecuciones y celebraciones festivas. Ha acompañado a la Iglesia en los largos viajes misioneros a nuevas tierras donde era desconocida. Sabe de árboles bajo los cuales se ha celebrado la Eucaristía por falta de edificios, árboles que estaban rodeados de nuevos hijos de la Iglesia que danzaban al recibir el alimento. En esas misas al aire libre la creación hacía de gran catedral. Ese "mugoti" sagrado también conoce las otras catedrales de distintos estilos artísticos y las alfombras rojas para solemnizar una procesión de entrada y hasta las misas multitudinarias presididas por el Papa. Cocinó el alimento de los cristianos en las catacumbas, acompañó a presos en las cárceles y se hizo comida y cena en las casas de familias sencillas y pobres, al estilo de la viuda que alimentó al profeta con la poca harina que le quedaba. En situaciones de escasez de medios, como en muchas estaciones misioneras de la lejana selva africana, la Eucaristía sencilla pero digna lo suple todo. Y en el esplendor y la riqueza de las iglesias llenas de adornos, de alfombras, altares, flores, luces, bancos, arcos, órganos y coros, ninguno de esos adornos cumpliría su objetivo sin el "mugoti" de la Eucaristía En la cocina es donde la vida adquiere el verdadero sabor. Los hijos se reúnen alrededor del fuego -del hogar- y allí escuchan a la madre. Los africanos escuchan las historias de sus antepasados alrededor del fuego de esas chozas redondas. La cocina es un pequeño espacio que no puede faltar en una casa por pobre que sea. También los cristianos se reúnen alrededor del fuego del amor de Dios en la Eucaristía para escuchar las maravillas del pasado y revivirlas en el presente. Ciertas comunidades, entre los más pobres y con falta de medios, celebran la Eucaristía con más participación y dan a la Palabra más sentido que algunos que se sientan en los bancos reservados de una iglesia bien alfombrada. Los miembros de muchas de esas comunidades de la selva no han visto nunca una custodia plateada sobre una carroza procesional. Pero todos los domingos se caminan cinco kilómetros para participar en la eucaristía semanal, escuchar le Palabra de Dios y recibir el alimento eucarístico. En los cinco kilómetros de regreso a la choza de residencia, se han convertido en custodia y carroza real de carne y hueso. Todos hemos tenido algunas experiencias religiosas profundas. Muchas de ellas están asociadas de algún modo a la Eucaristía. Las mías, como sacerdote, provienen de aquellas celebraciones a cielo abierto bajo el árbol de la selva tropical, o en una capilla provisional, levantada con torcidos troncos de árbol y cubierta con techo de paja. La Palabra, leída y escuchada en silencio, calaba en las entrañas. La música acompañada de tan-tan y danza, te hacía sentirte en un edén, la comunión respondía a un verdadero hambre del espíritu. El otro hambre de comida era ya experiencia cotidiana en las casas. En los últimos años de ministerio en Tailandia he vivido la consoladora experiencia de iniciar una presencia cristiana en un lejano pueblo a noventa kilómetros de la residencia misionera. Fue un fruto del Año Santo 2000. El día de la clausura de dicho Año Santo, en la fiesta de Epifanía, fui guiado por un cristiano hasta Somkok, pueblo donde él tenía algunos conocidos. Cinco familias pidieron conocer a Jesucristo y, después de un año de catecumenado regular con dos sesiones semanales, se bautizaron diez adultos y sus hijos, niños y adolescentes. En ese pueblo de Somkok, las primeras eucarísticas, durante tres años, se celebraron en un portal abierto o choza de una de las familias. Recordé a la señora “Yeukai” de Zimbabwe y a las muchas chozas en las que celebramos eucaristías en los poblados. Desde el inicio de su viaje de cristianos no les faltó el alimento del camino. Quita la Eucaristía de la vida de la Iglesia y ésta se convierte en un árbol sin sabia, en una cocina sin fuego, en un jardín sin agua. Un poeta diría que es como una primavera sin flores ni pájaros, y yo, que soy más de pueblo, la compararía a una mujer africana de Zimbabwe sin "mugoti". Ha perdido su identidad. Ángel Becerril. |
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