Testimonio de Ángel Becerril |
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El Espíritu del “mutupo” cristiano Es creencia extendida entre los pueblos bantúes del cono sur de África que el espíritu del fundador del clan, después de la muerte, buscó su lugar de residencia en uno de los múltiples animales de la rica selva africana. Así los clanes dentro de la tribu llevarán el nombre de dicho animal: león, cocodrilo, búfalo, etc. Todos los descendientes en el clan necesariamente forman parte de esa gran familia, son leones o búfalos según el clan a que pertenezcan. Es una especie de apellido y como tal es usado incluso en la escritura por bastantes personas. La tribu de los ¨Shonas¨, con quienes conviví en Zimbabwe, lo llaman ¨mutupo¨. El ¨mutupo¨ ,es, por tanto, el animal símbolo del clan. De alguna forma el espíritu de aquel iniciador del clan sigue viviendo en mí. No conoces a una persona propiamente si no conoces a qué clan pertenece, es decir, cual es el espíritu del antepasado que forma parte de su identidad. Una de las primeras preguntas que harán a un misionero novato es: Cual es tu ¨mutupo¨. No se concibe un miembro de la sociedad sin ¨mutupo¨. En la zona rural africana, cuando te acercas a un poblado pronunciarás en voz sonora, bastantes metros antes de llegar al umbral de la casa, el ¨mutupo¨ del dueño de la casa, y así dirás ¨Shumba¨ (león) o ¨Ngwenya¨ (búfalo). De esa forma anuncias tu visita y das honor a la persona que encarna el espíritu del clan. La tribu de los ¨Ndebeles¨ los expresan aún más bellamente porque al ¨mutupo¨ lo llaman ¨isibongo¨, la palabra para expresar agradecimiento. Con qué solemnidad y con qué melodía dejaran caer esa palabra cuando tienen que dar las gracias: Nyathi!! (como le dicen a Ildefonso), o, Ngwenya!! (cuando agradecen a Rosendo). Están agradeciendo de todo corazón a la persona con quien hablan ahora y a través de ella a todos los miembros del clan y al iniciador del dicho clan. Todo lo relacionado con el ¨mutupo¨ adquiere un tinte de sacralidad. Por esa misma razón puede ser también tabú. Uno no puede entrar en contacto con esas realidades con excesiva familiaridad y confianza. Como consecuencia uno no puede comer la carne del animal que es su propio ¨mutupo¨. Te expones a comer irrespetuosamente a tu propio antepasado. Desde que me bautizaron, mi nuevo y verdadero ¨mutupo¨ es ¨cristiano¨. Soy parte de un nuevo clan cuyo ESPÍRITU me posee. Es el Espíritu del iniciador del clan: Jesús. Según los bantúes, tú preservas la unidad con tu antepasado y muestras tu respeto hacia él absteniéndote de comer la carne de tu ¨mutupo¨. Es un tabú. En Shona dicen que ¨zvinoera¨, que traducimos para significar: es sagrado. Justamente contrario a esta práctica, nosotros comemos la carne de nuestro ¨mutupo¨ y a través de esa comida el Espíritu de nuestro antepasado Jesús desciende sobre nosotros y, de alguna forma, nos posee. Recuerdo con fruición y con una cierta nostalgia las catequesis y homilías en torno al Espíritu Santo durante mis días de misionero entre los Shonas de Zimbabwe. Existe un trasfondo cultural del mundo de los antepasados que facilita una comprensión del mensaje cristiano. Al africano de aquellas tierras le es relativamente fácil comprender la realidad y el papel de Espíritu Santo en la Iglesia y en el mundo. Para nosotros, adoctrinados en la escuela grecorromana, nos es más accesible todo lo relacionado con el ¨logos¨, con la mente y con la palabra que de ella sale. Al africano bantú le resulta más cercano lo relacionado con el pneuma, con el espíritu. Yo intuyo que en el futuro la Iglesia de África se irá configurando como más “pneumática”, más del Espíritu, que la de otras partes del mundo, lo cual constituirá un aporte muy valioso al catolicismo universal. Pero desde hace veinte años yo ejerzo mi ministerio de misionero ad gentes en el noreste de Tailandia. Con frecuencia experimento que cuando tengo que hablar en homilías o en catequesis sobre el Espíritu Santo no encuentro un marco cultural de base que me ayude a la comprensión de este misterio cristiano. La cultura budista guarda un respetuoso silencio en torno a nuestro Dios y a todo lo relacionado con Él. He de buscar moldes sobre los que verter mi mensaje y pensar en dar un salto de fe sobre lo desconocido. Dicho con otras palabras, preparar una homilía sobre el Espíritu Santo me era bastante más fácil en África que preparar esa misma homilía hoy en Tailandia. Y como la homilía ha de tocar tierra, aquí estoy buscando cómo aterrizar mi discurso. No obstante, todos los días procuro convencerme a mí mismo de que yo no he traído al Espíritu Santo a Tailandia. Él vino mucho antes que yo y está aquí escondido, esperando a que yo lo descubra. Yo, que he venido a mostrar, tengo que empezar a descubrir. Yo, que pensé en dar una lección de generosidad y solidaridad dando, empiezo a enriquecerme recibiendo. Ángel Becerril |
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