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La comunión al servicio de la misión Después de reflexionar en los talleres anteriores sobre las actitudes que nos exige la celebración de la eucaristía, la importancia que tiene la Palabra que en ella se proclama para ser files al mandato de la construcción del Reino y de contemplar el ofertorio como entrega confiada de las personas y los pueblos a la voluntad del Padre, ahora vamos a fijarnos en una de las dimensiones que más identifican este sacramento, hasta el punto de darle incluso su nombre: la comunión. Recibir la Eucaristía significa entrar en comunión profunda con Jesús. Pero esta afirmación no es una invitación al intimismo, pues sólo es posible caminar con Cristo en la medida en que se está en relación “con su cuerpo” (MND 19-20). La participación plena en la celebración eucarística sacia nuestra hambre de Dios y es fuente y manifestación de la unidad eclesial (1 Cor 10,17). Sin comunión no hay misión. La comunión eclesial es el primer testimonio que los cristianos hemos de dar para que el mensaje de Cristo sea acogido. Sin esta unidad de todos los que hemos recibido un mismo bautismo en torno a Cristo, la misión que nos ha encomendado no tiene futuro, por eso Él oró diciendo: “Te pido que todos sean uno. Padre, lo mismo que tú estás en mí y yo en ti, que también ellos estén unidos a nosotros; de este modo, el mundo podrá creer que tú me has enviado” (Jn 17,21). La misión de anunciar la Buena Noticia a todos los pueblos fue encomendada por Jesús a los apóstoles. Es la razón de existir de la Iglesia, su principal objetivo, hacia el que toda su actividad (litúrgica, catequética, teológica, caritativa, social…) debería estar orientada. Es misión eclesial. No se trata de anunciar mi manera particular de entender a Dios y su proyecto del Reino, sino de comunicar lo que a mi vez se me ha dado proveniente de una larga tradición. Por eso todo grupo eclesial que no vea la riqueza de los demás y sus propias limitaciones, pensando que únicamente ellos son el reflejo pleno de la Iglesia, hace un flaco servicio a la unidad y a la misión de la misma. Sin pluralidad no hay comunión. En un mundo dividido por guerras, intereses económicos e ideologías políticas y religiosas, la Iglesia está llamada a ser en el nuevo milenio “la casa y la escuela de la comunión” (NMI 43). La comunión no es sinónimo de uniformismo sino de unidad, lo que presupone pluralidad y aceptación mutua, características ya presentes en la Iglesia primitiva de fueron motor de diálogo e impulso para la misión y el crecimiento de la Iglesia. Para alcanzar dicha meta, Juan Pablo II nos animaba a desarrollar una espiritualidad que retomara como modelo la comunión fraterna que aparece en el libro de los Hechos. Una espiritualidad que nos permita contemplar y dar gracias por ello toda la labor que el Dios trino va realizando en cada uno de los grupos. Una espiritualidad “que nos induce a sentimientos de apertura, de afecto, de comprensión y de perdón recíprocos” (MND, 21). “Sin este camino espiritual de poco servirían los instrumentos externos de la comunión. Se convertirían en medios sin alma, máscaras de comunión más que modos de expresión y crecimiento” (NMI, 43). Para la reflexión y el diálogo:
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