Las personas y los pueblos como ofrenda al Padre

            Jesús fue enviado al mundo para llevar a cabo la obra del Padre (Jn 5,36). Para ello se despojó de su rango (Flp 2, 6-8), y hace una perfecta ofrenda de sí mismo para congregar y dar vida en abundancia a las personas y a los pueblos (Jn 11, 47-52). Podemos decir que vino a recapitular, a dar unidad y sentido a la realidad entera de la creación, con sus riquezas y pobrezas humanas, culturales, sociales y religiosas.

            Siguiendo el ejemplo de Jesús en la Última Cena, nosotros al ofrecer el pan y el vino en la Eucaristía tomamos elementos de la creación que son fruto del trabajo del hombre y de la mujer de todos los tiempos, culturas y religiones. La ofrenda del pan y el vino, dones del Creador, recuerda el sentido del sacrificio en el Antiguo Testamento, cuando se ofrecían las primicias de la tierra y de los rebaños. Ha pasado el tiempo y a Dios seguimos ofreciéndole los dones recibidos de su bondad. Al ofrecerlos reconocemos que de Él procede toda bendición y toda paz. El Señor de la historia bendice con abundancia.

            Y la ofrenda humana expresa el deseo de vivir en continua dependencia agradecida de Dios. El pan y el vino adquieren todo su simbolismo en la Eucaristía. Las personas ofrecen lo que han recibido de la bondad y generosidad de Dios, y Jesús ofrece su cuerpo recibido del Padre a través de María, por obra del Espíritu (Heb 10, 5-7). Todo su ser entregado a la Misión.
           
            El ofertorio en la Eucaristía simboliza la ofrenda existencial de la humanidad de todos los tiempos y latitudes. Esta actitud de reconocimiento la encontramos en todos los pueblos. Alegra el corazón participar en Eucaristías de gran colorido en las que junto con el pan y el vino, se ofrecen frutas de la tierra, flores... incluso acompañadas con bailes tradicionales según la cultura del lugar donde se celebra.

            Pero para que la ofrenda sea agradable a Dios debe proceder de un corazón recto. Su auténtico significado se desvirtúa cuando se pretende poner a Dios de nuestra parte, cuando buscamos un trueque o cuando desplazamos o marginamos a los demás hermanos. Poner todo en las manos de Dios de forma incondicional y agradecida, sin esperar nada a cambio, es la actitud de ofrenda de comunión con Dios y con los hermanos. De Él recibimos gratuitamente el aire que respiramos, la vida y el alimento necesario para seguir caminando. La ofrenda se convierte así en confesión de fe, puesto que reconocemos haber recibido todo del Padre.

            Al ofrecer el pan y el vino, en nuestra propia realidad cultural, estamos llamados a ofrecer con Cristo a todos los hombres y pueblos de la tierra con sus dramas y dolores, con sus alegrías y esperanzas. Y estamos llamados a ofrecernos en Él, con Él y por Él para la Misión de hacer presente en el aquí y ahora el Reino de Dios. La ofrenda de nuestras gentes y pueblos, la ofrenda de nosotros mismos nos ayuda a vivir la misión con humildad, con generosidad y desprendimiento. En la caminata de la vida de cada día, dando de lo que se recibe. Compartiendo las riquezas de Dios, que no las nuestras. Enriqueciendo a todos. Sintiéndonos co-responsables de una Iglesia que se siente, como comunidad y en cada uno de sus miembros llamada a la misión.

 

Puntos para la reflexión:
1.  ¿Desde tu experiencia de la celebración de la Eucaristía ¿cómo se podría mejorar la dimensión misionera?
2. ¿Crees que nuestra celebración de la Eucaristía esta en proceso constante de adaptación a nuestra realidad cultural cambiante?
3. Sugerir algunas actividades prácticas para hacer más misioneras nuestras celebraciones litúrgicas.

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