“CONTAR LA HISTORIA DE JESÚS”.
Sugerencias para la reflexión personal o el trabajo en grupo en torno al PRIMER CONGRESO MISIONERO DE ASIA.
PRIMERA PARTE: Historias basadas en la experiencia que reflejan tu fe. (contado en números anteriores)
SEGUNDA PARTE: Historias que crean cultura, comunidad, que generan y explican símbolos (contado en el número anterior)
TERCERA PARTE: Historias que favorecen el diálogo y la comunicación. (a continuación):
Para contar una historia cualquiera nos situamos en una perspectiva concreta, organizamos los materiales, creando una trama y describiendo un desenlace.
Por eso, para la tarea de la interpretación de los textos narrativos, es necesario conocer los procedimientos y las técnicas que se utilizan en el proceso de elaboración del relato, ya que su análisis en el texto nos proporcionará las claves para comprender el “mensaje” del autor.
Nos acercamos a cualquier narración como oyentes o lectores y, por tanto, hemos de efectuar un proceso inverso al que tuvo lugar en el acto creativo: tenemos que re-leer nuestra experiencia estética y subir por ella hasta llegar a la “prefiguración” -profundización- que hizo el autor sobre la realidad; tendremos que avanzar por el camino de la interpretación del relato, ya que el autor configuró de una forma determinada los materiales de la realidad para elaborar su obra.
Con la aparición de la escritura, el arte de contar historias experimentó una mudanza radical. Dejó de ser, desde su nacimiento, creación colectiva, ceremonia compartida por una colectividad, y se tornó quehacer individual y actividad privada. Las historias llegaron desde entonces a su público a través de un intermediario no pasivo sino activísimo: la escritura. Esos signos cifrados, discreta, pero inevitablemente, infligían a lo narrado un derrotero distinto al que le imprimía el ser contado; unos signos que el escritor tenía que emplear valiéndose de toda clase de artilugios para simular, en el silencio de la lectura, la voz —las entonaciones, los silencios, los énfasis— y también los ademanes y gestos del narrador.
Hasta entonces, las historias oídas sacudían primero la emoción y el sentimiento, el instinto y la sensibilidad y sólo secundariamente, la inteligencia y la razón. Pero la escritura, con su exigencia al lector de reconvertir el signo en imágenes e ideas, promovió a un primer plano la racionalidad en la comprensión de las historias. De este modo, nació el "realismo", un mandato de verosimilitud, según el cual el texto narrativo debía ajustarse a los cánones de la realidad. Aunque no hay que olvidar que estos “cánones de la realidad” dependen del conocimiento que cada uno tenga y del universo cultural en el que se desenvuelve.
1. Historias que invitan al diálogo y a valorar lo semejante en todos y la diversidad de todo.
El lenguaje no es un acto que se realiza en solitario. El acto de hablar necesita al otro. Pensar se puede realizar en soledad. Hablar es diálogo. No basta con pensar en lo que voy a decir, tengo que tener en cuenta al que escucha mi mensaje. No es lo mismo explicar un asunto a una persona entendida, que a una que no está familiarizada con ello. No es lo mismo hablar a un niño, que a un adulto, etc.
Es necesaria la “paciencia del diálogo”, es decir, generar una comunicación que va avanzando a través del otro y gracias al otro. En esa recíproca interacción va desarrollándose la conversación.
El lenguaje evangelizador debe esforzarse en destacar un abanico de relaciones. Por un lado, ha de presentar la multiplicidad de protagonistas, insertando al oyente en las pequeñas historias de los otros. De este modo se hace patente que la fe no puede quedar reducida a una experiencia individual sino que existe gracias a los otros, con los otros y a favor de los otros. En toda historia siempre aparece la violencia, la venganza, el resentimiento, que tienen que estar contrapesados con gestos de generosidad, de perdón, de acogida, de entrega. De este modo el relato hace ver que la personalización de cada uno sólo se logra pasando a través de las historias de los demás. Hay que tener en cuenta que en una narración religiosa, como es la narración cristiana, debe haber espacio para que se hagan presentes los protagonistas divinos.
2. Qué hacía Jesús de Nazaret
Un texto emblemático de la actitud dialogante de Jesús es el relato del encuentro con la samaritana (Jn. 4,19-24). Jesús entra en diálogo con ella. Se acerca a un lugar emblemático para los samaritanos: el pozo de Jacob. Desde allí inicia una conversación. Tras invitar a esa relación, escucha el relato de la samaritana, su historia. Jesús luego le cuenta su propio relato.
La mujer de Samaría le pregunta a Jesús sobre un punto fundamental de los debates teológicos entre samaritanos y judíos: el lugar indicado por Dios para encontrarse con él, con Dios. La respuesta de Jesús relativiza el debate: “Créeme, mujer, que viene la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no conocéis. Nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Sin embargo, llega la hora, y ya es, en que los verdaderos fieles adorarán al Padre en espíritu y en verdad... Dios es espíritu y los que le adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad”. Quizá preferiríamos que hubiera dicho lo último sin la afirmación de que la salvación viene de los judíos. Pero Jesús tiene las ideas claras y las expresa sin complejos. Jesús era judío, pero al decir que ni aquí ni allá, está listo para permitir un diálogo interreligioso. Parece invitar a una búsqueda común de esa verdad.
Preguntas para el diálogo y la reflexión personal.
- Imagínate tus historias sobre Jesús interactuando con otras historias de la gente. ¿Aportarían sentido a las demás? ¿serían sal en la tierra, luz en el mundo?
- Tus historias sobre Jesús ¿son razonables, creíbles, atractivas para la mentalidad de hoy?
Pablo Seco |