La Eucaristía aliento y fuerza para la misión
En la Eucaristía, como nos recordaba Juan Pablo II, es Jesús mismo quien sale a nuestro encuentro. El nos explica las Escrituras, nos ayuda a leer la vida. Desde la misma Eucaristía Cristo se convierte en misterio de luz, gracias al cual se introduce al creyente en las profundidades de la vida divina.
No basta con asistir a la misa. Hace falta una preparación previa, escucha devota y silencio meditativo, tan necesarios para que la Palabra de Dios toque la vida y la ilumine.
La Eucaristía es el Banquete de los cristianos. El banquete es uno de los símbolos preferidos de Jesús para hablar del Reino de Dios. A él están invitados todos los pobres, lisiados, enfermos, la multitud de necesitados de las encrucijadas de los caminos del mundo. Somos los criados enviados a “recolectar” a estos hermanos y atraerlos al banquete eucarístico, después de la adecuada preparación.
El banquete es anticipo de la Pascua definitiva que celebraremos en el Reino de los Cielos. En las apariciones del Resucitado Él muestra las señales de su pasión, de la cual cada Santa Misa es su «memorial», como nos recuerda la Liturgia con la aclamación después de la consagración: «Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección...».
El mensaje de los ángeles en la Ascensión nos recuerda el estilo de nuestra espera. “¿porqué seguís mirando al cielo? Este Jesús que acaba de subir de vuestro lado al cielo, vendrá como lo habéis visto marcharse” (Hc. 1,10-11). No podemos quedar contemplando el cielo sino volver a la ciudad y al mundo a continuar su trabajo para cuando llegue el tiempo de su vuelta y de la cosecha. Ahora es el tiempo de la Iglesia, el tiempo de la misión que está todavía en sus comienzos (RM).
La presencia real en la Eucaristía y otras presencias también reales
A nosotros nos toca prolongar esa presencia sacramental de Jesús en medio del mundo con nuestra acción, cumpliendo la misión que nos encomendó. Ser el cuerpo de Cristo, unido por el Espíritu, para que el mundo crea. (La segunda eplíclesis de la eucaristía tiene ese sentido). Es tarea nuestra reconocer la presencia sacramental de Cristo no sólo en su palabra y en los signos litúrgicos, sino también en los pobres.
La misión no es sólo llevar a Cristo a los pobres, es saber reconocer la presencia de Dios, de su Espíritu, de Cristo en medio de los pobres. De eso nos examinará Cristo en su última venida, si hemos sabido reconocerle y tratarle como tal en el que tuvo hambre, el que tuvo sed (de agua, de amor, de sentido, de la palabra de Dios), el que era forastero, el que estaba desnudo, el enfermo o el que estaba en la cárcel (Mt. 25, 31-46). En esta tarea aprenderemos de los pobres tantas cosas como nos enseñan: la confianza en Dios, la fortaleza en el infortunio, la solidaridad en la necesidad, la alegría de las cosas pequeñas, la acción de Dios en nuestra vida, el agradecimiento.
La participación motivada de los distintos ministerios en la eucaristía es también una visualización del misterio de la Iglesia que está conformada por distintos miembros, con dones y carismas diferentes. ¿Que imagen damos de la Iglesia cuando el presbítero es quien hace casi todo en la celebración dejando un papel totalmente pasivo a los fieles?
Las Iglesias jóvenes de la misión cuidan con mucho esmero y formación adecuada la participación de los distintos ministerios que se ejercen en la eucaristía. Desde la acogida inicial, pasando por la ambientación del local, la escucha atenta de la Palabra de Dios y de la homilía (sin prisas), los cantos alegres y motivadores, las oraciones y ofrendas unidas a la vida y a las luchas de la comunidad, la paz gozosa y expresiva hacen de la eucaristía de la comunidad un momento semanal muy especial para la vida de fe de todos.
Muchas de nuestras eucaristías son intimistas, de cumplimiento, faltas de vida. Hoy día es necesario retomar con interés y creatividad el primer anuncio evangélico que lleve a la gente a desear conocer profundamente mejor a Jesucristo, su Reino y su Iglesia. Un anuncio que toque las fibras profundas y anime a una conversión sincera de vida y actitudes más cristianas de seguimiento de Cristo. Es necesario rellenar “tantas lagunas” que hay en nuestro proceso de iniciación cristiana, sobre todo en la vivencia comunitaria y gozosa de nuestras eucaristías. A la vez es necesario dotar la formación permanente de los laicos del impulso misionero que los haga reconocerse colaboradores necesarios de la evangelización de sus ambientes y de las personas que los rodean. Sólo si un cristiano transmite su fe consigue que ésta se fortalezca y que se una a la tarea fundamental de la Iglesia.
La eucaristía es el alimento para el camino, que debe ser recorrido de modo eucarístico, al modo como Jesús lo hizo con los discípulos de Emaús: “con el gesto y la palabra oportuna frente al que está triste y desamparado; con disponibilidad frente al que se siente explotado y deprimido”; “con capacidad para discernir los signos de los tiempos; para que nos preocupemos de compartir en la caridad las angustias y las tristezas, las alegrías y las esperanzas de los hombres, y así les mostremos el camino de la salvación” (Plegarias V b y V c).
De la Eucaristía procede también el compromiso a favor de los pobres. Nos preguntaba Juan Pablo II: “¿Por qué, pues, no hacer de este Año de la Eucaristía un tiempo en que las comunidades diocesanas y parroquiales se comprometan especialmente a afrontar con generosidad fraterna alguna de las múltiples pobrezas de nuestro mundo?”(MND)
¿Cómo potenciar en nuestras celebraciones eucarísticas la dimensión misionera de nuestra fe?
¿Cómo restituir a la parroquia aquella imagen de Iglesia eucarística que revela su naturaleza de comunión y misión? ¿Qué ministerios podemos fomentar para mejorar la participación en las eucaristías?
Para profundizar: Releer “Mane Nobiscum Dómine”, sobre todo la segunda parte |