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POR ENCIMA DE LA LEY...ESTÁ EL AMOR Un doctor de la ley se acerca a preguntarle a Jesús, con intención de dejarlo en ridículo ante sus seguidores... “Maestro, ¿qué tengo que hacer para ganar la vida eterna?” Y ante la contra-pregunta de Jesús,el doctor de la ley es el que termina malparado, porque no es muy inteligente la persona que hace una pregunta y termina respondiéndose él mismo. La respuesta era correcta : “Ama a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a ti mismo”. Y tratando de corregir su evidente estupidez, el letrado pregunta de nuevo: “¿Y quién es mi prójimo?”.. Entonces Jesús le contesta con la bella parábola del buen samaritano: Un hombre apaleado y maltrecho, herido y sangrando, está tirado a la orilla del camino, Le han robado todo, y así lo han dejado los bandidos...Por aquel camino, como por cualquier vía pública, transitaba mucha gente. Por casualidad, quien primero pasó era un sacerdote, que se dirigía a Jerusalén, a dirigir el culto y los sacrificios a Yahvé, Dios de Israel. El sacerdote aquel no podía perder tiempo, para no llegar tarde a sus obligaciones. Y tampoco podía ponerse a curar a un desconocido, porque podría quedar impuro y la impureza le impedía ejercer su función sacerdotal. Así que,..pasó de largo, haciéndose el despistado, como quien no ha visto nada... Al poco, pasa por el mismo lugar un levita. También era servidor del templo. Un sacristán, digamos, encargado específicamente de los sacrificios de animales, que se ofrecen a Yahvé Dios en el templo de Jerusalén. Este, igual. Mira al hombre tirado y mal herido, pero ese asunto no iba con él. Siguió camino del templo.
Pregunta Jesús al letrado, “¿quién te parece que es el verdadero prójimo de aquel hombre al-herido?”... La conclusión de Jesús es clara: por muy importante que sea la ley de dar culto a Dios y ofrecerle sacrificios en el templo, es mucho más importante la ley del amor al prójimo necesitado. Todos los mandatos de la ley de Dios se resumen en “amar a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a tí mismo”. No es un mandato doble. En realidad, es uno sólo. Porque quien ama a Dios, tiene que amar a su prójimo. Y quien ama al prójimo, ya está amando a Dios. Porque quien dice que ama a Dios, y odia a su prójimo, ese es un mentiroso. Lo dice el Evangelio de Juan. Y es palabra de Dios. No lo decimos nosotros |
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