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MISIÓN, VIDA Y FUTURO DE LA IGLESIA
Misioneros del IEME mantienen la presencia misionera de la Iglesia en situaciones de crisis y de conflicto (terremoto de Perú, situación caótica de Zimbabwe), en lugares donde el número de cristianos bautizados es insignificante (Tailandia y Japón) y de esta manera cumplen el deber misionero de nuestras iglesias de origen y son expresión de su vitalidad que algunos desde aquí quisieran poner en duda. Y es que la misión es un ejercicio de la comunión eclesial que hace fluir en las dos direcciones la vitalidad del Cuerpo Místico. Si se perdiera el dinamismo misionero, la vida de la iglesia languidecería sin remedio. La Iglesia habría perdido su razón de ser. El número considerable de laicos, religiosas y religiosos y sacerdotes diocesanos que se preparan en la Escuela de Formación Misionera para salir a misión es un testimonio de esa vitalidad, la diversidad de sus carismas y procedencias es manifestación de catolicidad. Y es que al dar y compartir nos enriquecemos y garantizamos la salud y el futuro de nuestras propias iglesias. Y el querer “conservar” nuestra vida a base de no dar es un suicidio. Juan José Alarcia
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¿Qué han supuesto para ti estos tres años en España? En principio un contraste con la realidad que me encontraba. Me di cuenta que tenía que abrir los ojos de nuevo a nuestra sociedad española y a nuestra Iglesia. En el tiempo que he estado fuera del país las cosas aquí han seguido cambiando, la presencia pública y la imagen mediática de la Iglesia española aparecen muy distintas a años atrás. Todo eso me ha llevado a intentar comprender, estudiar y analizar en qué sociedad y en qué Iglesia me tocaba animar la dimensión misionera de nuestra fe. El trabajo del EFAM ha sido el de una misión itinerante por las diócesis españolas, compartida entre los tres compañeros que lo formábamos. En general el hecho de conocer los rectores, formadores de seminarios, seminaristas, delegados de misiones, del clero, además de muchos sacerdotes y algunos obispos te ayuda a tener una visión panorámica de nuestro catolicismo español. Me he ido dando cuenta que, al menos, el aspecto misionero que vivo como parte del IEME tiene algo que aportar a muchos de ellos. En el aspecto personal me ha venido muy bien estar más cerca de mi diócesis y de mi familia, con los que he compartido cuando me ha sido posible.
Es un trabajo de hormiguita, lento y paciente, callado pero constante, variado y rico desde los aportes de tres continentes. Es una ventana abierta a los países de misión, corrientes de aire fresco de la vida de otras iglesias que van entrando en la nuestra poco a poco, universalizando nuestra fe. En los seminarios y en muchos grupos de sacerdotes aportamos la vivencia sencilla pero ilusionada de nuestro quehacer en la misión, la problemática de muchos de los pueblos donde servimos que no les impide buscar a Dios, la enorme capacidad evangelizadora de los laicos, la entrega generosa de muchas mujeres a sus comunidades en medio de muchas dificultades, el florecimiento de vocaciones consagradas en tantas iglesias jóvenes. Además del trabajo institucional que realiza el EFAM y la Dirección General del IEME (con publicaciones, página WEB, presencia en organismos misioneros, escuela de misionología…) pienso que hay muchos aportes interesantes realizados por cada uno de los misioneros cuando vienen a sus diócesis. El que sea conocida la tarea que desempeñan, los problemas, sufrimientos, alegrías y logros de sus comunidades nos ensancha la familia cristiana, nos hace –desde aquí- impulsar, apoyar y hacer más viva la misión de la Iglesia. En los últimos años el IEME también da pistas para que la pastoral en las diócesis y parroquias españolas sea más misionera, más comunicadora de la alegría de la fe a los que no la conocen, más dispuesta a salir a los lugares y personas que no se han encontrado suficientemente con Cristo como para seguirlo. Eso supone también el que estemos dispuestos a cuestionar actitudes “de siempre” que ya no se ven tan evangélicas. Se trata, pues, de hacer sentir que la misión no es de los misioneros sino de Dios que ha tenido a bien transmitírnosla a su Iglesia para que la continuemos. Ser misioneros no consiste ya en viajar lejos sino en comunicar el amor y la salvación de Dios a todos, aquí y en los confines del mundo.
En primer lugar que no tengan miedo a la misión. Es nuestra razón de ser como seguidores de Jesús. Nuestra principal misión es hacer presente a Cristo con nuestros hechos y palabras en los pueblos y personas que no lo conocen. Para ellos es una respuesta que llena de alegría sus vidas, les ayuda a liberarse de muchos males y a esforzarse por una vida digna para todos. Cuando nos quejamos –con razón- de lo mal que está el mundo y nuestra sociedad, recordemos que la misión es la respuesta salvadora que Dios nos da a través de su Hijo querido. Lo mismo espera de nosotros. Por eso la misión es una cuestión de fe. Fiarnos del que nos ha creado, llamado y enviado. Esa es la razón de la alegría profunda que solemos ver en los misioneros, no el que puedan resolver todos los problemas que encuentren. Para ello es necesario tener abiertos los ojos para conocer cómo está funcionando nuestro mundo y espabilado el corazón para no permanecer insensibles. Para saber dónde es más necesaria la presencia de la Iglesia, para acertar cuál debe ser su aporte en cada situación. La formación previa, el estudio de idiomas, la información de primera mano, la correspondencia con misioneros, la reflexión en nuestras comunidades cristianas sobre la misión y cómo llevarla a cabo serán maneras de hacer crecer la misión y no alejarnos de ella. Y si uno siente la llamada a servir en otras iglesias más necesitadas, aquí está el EFAM y el IEME para ayudarles en el discernimiento de su posible vocación misionera. ÁNIMO Y ADELANTE. ¿Cómo te va a tu llegada de regreso a la misión? Mi regreso va estupendamente. Reencontrándome con mucha gente con la que he trabajado antes en mi anterior parroquia, en la zona, diócesis o en la región. Con tareas urgentes que asumir y un equipo parroquial activo en Pedernales, con una hermosa zona montañosa que atender y unas arenosas playas donde buscar algo de descanso.
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“ FLASHES” DE UN MISIONERO NOVATO
“Flashes de un misionero novato” quiere ser un puente que haga más cercana la distancia que nos separa. Intentaré, de ciento en viento, dar alguna señal de vida, como un fogonazo que aliente la comunicación y la cercanía entre vosotros y nosotros, entre dos iglesias que por sendas diferentes caminan con un mismo objetivo hacia una misma meta y pueden enriquecerse mutuamente. Ahí va la primera cerillita. Carmelo es uno de los misioneros del IEME que en este breve compás de entrada antes de comenzar el estudio de la lengua nos está introduciendo en las costumbres y cultura del pueblo Shona. Hoy nos hemos acercado al hospital de Gokwe, la población donde me encuentro, que es de unos 30-40 mil habitantes. ¿Podéis creer que en éste área en que residen medio millón de africanos no hay un solo médico? Como lo oyes..., así están las cosas. A lo que voy es que paseando por los alrededores del hospital y tan enfrascados en la conversación como estábamos, casi ni nos percatamos que a cierta distancia unos niños de unos tres años, no más, nos estaban gritando algo y, deseoso de entender aquello, le pregunté a Carmelo que me tradujera lo que con tanta insistencia y todos a una, no dejaban de repetir. “How are you” - me respondió Carmelo - como nos ven blancos, y se imaginan que por el hecho de ser blancos hablamos inglés, quieren hablarnos en nuestra lengua y que les respondamos”. Yo, ni había caído en la cuenta de que podían balbucear palabras en inglés y, ante la curiosa mirada de sus padres, les contestamos varias veces a su “jau a iú” que no cesaba de resonar una y otra vez. Siguieron aún tras de nosotros por unos minutos hasta que los ecos se fueron apagando en la distancia. Estos días aquellas voces siguen resonando; bueno, aquellas y otras como las de los niños que encontramos en los poblados, en la calle o en el orfanato que visitamos anteayer. Tengo al alcance de mi mano la ocasión única de poder compartir este momento de mi vida con estas gentes y en especial con los niños. Esa satisfacción tan grande que siento al contemplar el rostro encendido de los niños africanos, sus ojos tan relistos, descalzos, sucios de polvo, siempre con la sonrisa, siguiéndonos con la mirada y repitiendo cada vez más fuerte “jau a iú, jau a iú”, una y otra y otra vez .... ¿Cuánto vale esto? Ni te lo imaginas. Cuánto me gustaría que tú, querido amigo, estuvieses también aquí conmigo compartiendo este mágico momento. Sobre todo es en los niños donde el rostro de Dios se me muestra más nítido. Ellos son, sin duda, expresión del amor que Dios nos tiene a quienes estamos aquí y que se nos brinda a cada paso. “How are you?” me recuerda nuestro “¿Qué tal estás o cómo te va?” cuando nos encontramos por la calle y la respuesta, que casi siempre es la misma: “Muy bien... ¿y tú?”, decimos, devolviendo la pregunta. En lengua Shona diríamos “makádií” y la respuesta del otro sería algo así como “ndiripo makádiiwo”, que traducido resulta algo tan bonito como: “estoy bien si tú estás bien”. Nos vemos en la misión de cada día. Luis Carlos
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Una experiencia misionera en el Togo Marc Majà Guiu
Durante estas cuatro semanas me he hospedado en tres parroquias donde sirven miembros del IEME: con Rafael Janín en la parroquia de Bon Pasteur, con José Antonio Arroyo en la de Saint Pierre y con Ramón Bosch en la de Sainte Monique. Quisiera resaltar el tiempo y la naturalidad con que los misioneros me han facilitado que conociera distintos lugares relevantes para los togoleses (casas de la parroquia, escuelas, dispensarios, talleres de oficios diversos, mercados…). Esto me permitía hacerme cargo, aunque fuese solo un poquito, del día a día de la gente local y poder hablar con ellos desde sus realidades cotidianas. He tenido oportunidad de acompañar a los misioneros en alguna de sus tareas pastorales y compartir junto a ellos la vivencia de la fe. La participación en la Eucaristía (junto al misionero, al cura nativo y a tantos africanos y africanas), los ratos de oración en común y los diálogos que desde ahí se generaban, son ocasión para poner en manos de Dios todo lo que uno está viendo y viviendo. Son ocasión para abandonarse uno mismo en las manos de Dios. En conversación con uno de los misioneros del IEME, después de estar hablando sobre algunos de los problemas que padecen los países africanos, surgió la pregunta de qué sentido puede tener la vida en medio de tanta realidad injusta e incomprensible. La respuesta del misionero fue clara: “Si el mismo africano se levanta, desde su penosa situación, para mirar adelante y trabajar confiadamente de nuevo para un mañana mejor, ¿cómo tirar la toalla caminando a su lado?” Creo que aquí se trasluce lo que es el misionero: el que camina con la gente anunciando la Buena Nueva . No se trata ni de exigir a Dios que termine con las situaciones de mal ni de exigírselo a uno mismo. Se trata de vivir, con horizontes claros y con paciencia confiada, como hijos del Dios Amor, hermanos los unos de los otros, allí donde nos encontremos. La gente que me he encontrado en el Togo ha facilitado, y mucho, el iniciar relaciones cordiales y de buena amistad, pese a las trabas que la lengua pueda ocasionar. Y es que si alguna cosa caracteriza a los hombres y mujeres africanos que he conocido es su buena acogida. Las palabras de “laafia” (“paz”, en moba) y “ça va?”, repetidas múltiples veces, junto a una leve inclinación de la cabeza, acompañaban la acogida. Hombres y mujeres, niños y ancianos, también los jóvenes, se interesaban por cómo iba mi estancia en África, por cómo estaba mi familia (?), por qué impresiones tenía y por qué actividades deseaba hacer. No faltaba la pregunta o el comentario en relación al tiempo de mi estancia allí: ¿te quedas? ¿vas a volver? Muchos me proponían alguna que otra actividad: desde pasear por el pueblo, hasta acompañarlos al trabajo del campo, pasando por conocer el mercado, mostrarme su casa o también participar en el ensayo del coro parroquial. La sencillez, simpatía y, sobre todo, paciencia de todos ellos permitió que no fuera nada “forzado” (ni por las trabas del idioma, ni por la timidez inicial) el acceder a sus propuestas. De esta forma, iba conociendo, con paso lento pero gozoso, el día a día de los togoleses. Entre los distintos encuentros los que me resultaron más dolorosos y tristes fueron aquellos donde constataba de forma más directa la miseria de medios materiales con la que deben vivir los africanos. Pienso, sobre todo, en las conversaciones tú a tú con alguno de ellos. De forma natural y no poco frecuente me pedían, sin rodeos, una ayuda económica. Esto me hacía caer en la cuenta de cuánto apremian al africano las necesidades en que vive. Que por muchas buenas palabras que pueda intercambiar con él, nunca debo olvidar su situación de vida en la miseria. Hacerlo sería no tomarlo en serio, estar hablando con alguien que, en realidad, no existe. Cuántas veces durante mis días en el Togo en la oración personal ofrecía al Señor la incomprensión, el dolor y la tristeza que sentía en medio de esta situación y le pedía qué es lo que debo hacer al respecto. Pero al lado de todo eso y con mayor fuerza aún, está el testimonio esperanzado de tantos hombres y mujeres africanos que miran adelante con esperanza. Dolor y esperanza se entremezclan inseparablemente. Ciertamente, una experiencia misionera en un país africano debe pasar por esta situación. La amistad con los curas nativos (cuya buena convivencia con los misioneros en la misma casa me sorprendió admirablemente) y con algún seminarista me permitió conocer mejor la Iglesia que camina en Dapaong, poniendo nombres concretos a lo que podía ir viendo. Destaco de dicha amistad los ratos que me ofrecían ambos, tanto curas como seminaristas, para charlar, pasear, visitar familias… No puedo más que dar gracias: a los misioneros por su fraternal acogida, a los africanos por enseñarme tanto y ofrecerme su amistad y gracias a Dios por los dones que con tanta generosidad da a través de aquellos que tenemos más cerca. ¡Cuánto más destacan esos dones cuando el recipiente que los recibe es pobre, sencillo, humilde! Así lo he visto en el Togo, y no puedo menos que anunciarlo con alegría. Un buen amigo sacerdote, me animaba antes de partir hacia el Togo con estas palabras: “en África, podrás comprender en profundidad las bienaventuranzas”. Es cierto. Y es que si uno se turba al constatar la miseria en que vive el pueblo africano, se sorprende mucho más al descubrir la paz, la generosidad, la esperanza y la confianza en Dios con que vive tal situación. No faltan las dificultades, pero abunda la fraternidad para trabajar en equipo y salir adelante. No faltan los contratiempos y privaciones, pero grande es la paciencia y la fortaleza. “Dichosos vosotros los pobres, porque el reino de Dios os pertenece” (Lc 6,20b). Lo que he vivido este verano en el Togo no ha sido tanto una experiencia misionera (en el sentido propio de tarea de evangelización explícita) como una verdadera experiencia creyente , esto es: vivir la fe en medio de un contexto muy distinto al que estoy acostumbrando. Una experiencia creyente que se ha visto enriquecida por la fe del hombre y la mujer africanos. Una fe más existencial y sencilla, y menos racionalista y complicada que la que yo tenía. “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has mostrado a los sencillos las cosas que ocultaste a los sabios y entendidos.” (Mt 11,25b).
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“AL PERRO FLACO TODO SON PULGAS” Las noticias del terremoto que ha castigado fuertemente una zona de Perú nos han impresionado durante varios días. Los medios de comunicación nos han mantenido al tanto de la tragedia que se vivía en Pisco, Ica, Chincha, Cañete... La solidaridad internacional respondió enseguida y sigue llegando ayuda para los damnificados. Cada tragedia humana nos estimula a una reflexión que en este caso nos invita a hacer José María Rojo.
Ayer en la noche escribí un correo electrónico para algunos de la familia, tratando de adelantarme a que en España escucharan la trágica noticia del terremoto en Perú y se alarmaran por mi suerte. Hoy, al abrir mi correo, una sobrina me había contestado con esa conocida frase: “Al perro flaco todo son pulgas”. La comparación nos sirve para reflexionar sobre lo sucedido en este Perú al que quiero como propio pues no en vano he pasado en él más de la mitad de mis 60 años de vida. Seguro que mi sobrina se refería al Perú, “perro flaco”, como país pobre. Sí, pero no sucede ni por casualidad, ni porque tenemos mala suerte, ni por la fatalidad del destino que siempre se ensaña con los pueblos pobres. No, muchos de los muertos en esta y en casi todas las desgracias naturales se deben justo a que ellos eran pobres… Así de simple. El terremoto sufrido ayer por Perú fue de una magnitud muy fuerte y hubiera hecho muchísimo más daño si su epicentro hubiera sido en tierra firme en lugar de las profundidades del mar. Los cerca de 500 muertos reportados se hubieran multiplicado varias veces. Y si hubiera ocurrido cerca de Lima, con sus 9 millones y casi la mitad bajo la línea de pobreza, los muertos -sin ninguna duda- los contaríamos por decenas o centenas de miles…Ese mismo terremoto en Tokio, Nueva York o Madrid dejaría solo unas pocas personas muertas. Nuestros países pobres no están preparados para ninguna de estas eventualidades, en buena parte porque no pueden; en otra, por la desorganización y hasta por la corrupción de sus gobernantes que, en lugar de prever, desvían los gastos por caminos no muy santos.
Mañana trataré de viajar a la ciudad de Ica, la que concentra el mayor número de muertos y en la que trabajé pastoralmente durante 10 años. Tal vez no pueda hacer mucho -si es que logro llegar- pero quiero estar con mi gente. Y ya sé bien lo que me voy a encontrar: todas las casitas de adobe que con tanto esfuerzo cada familia logró levantar (después de haber vivido anteriormente en ranchitos o chozas de esteras, palos y cartón) estarán en el suelo. Será así en Ica, en Pisco, en Chincha, en Cañete (las ciudades más afectadas y que es posible ya les suenen por las dramáticas imágenes de la TV). Las casas bien construidas, con ladrillo y cemento sobre una buena base, no suelen caerse, salvo raras excepciones. Por coincidencia, en las semanas pasadas hemos estado leyendo, reflexionando y viviendo, con un grupo de unas 30 personas, la experiencia del libro de Job en la Biblia (ese personaje no tan paciente como suele decirse, pues se rebela y fuerte llegando a maldecir el día en que nació y retándole a Dios a que le muestre si es culpable de lo que le ocurre). Y el problema central del libro es “cómo hablar de Dios desde el sufrimiento del inocente”, cómo decirle a Job que Dios le ama cuando está hecho una piltrafa o cómo logrará Job no maldecir a Dios estando como está… La misma dificultad se nos plantea hoy en nuestros países pobres y frente a los más pobres de nuestros países: ¿cómo decirles que Dios los ama? ¿y cómo ellos pueden sentir que Dios los ama? ¿Cómo sentir en Ica que Dios ama a esos pobres que se han quedado sin sus familiares, sin sus casas, sin lo poco que tenían…? Me tocará hacer la experiencia en vivo, con humildad y estoy casi seguro con alegría. Nunca olvidaré, en la misma Ica, cuando en otra tragedia -la inundación de 1998- yendo a ver cómo estaba la gente, con el agua por encima de la cintura una mujer dirigente de un comedor popular me abrazó y me dijo: “Padre, lo hemos perdido todo, pero estamos vivos, tenemos dos manos y empezaremos de nuevo”. Y empezaron (perdón, empezamos), ellos, yo… y Dios que nos llevó de la mano sin que a veces nos diéramos cuenta.
Hice los 300 Kms de Lima a Ica por partes, quizás inconscientemente para ir asimilando la tragedia, que no por esperada es menor. Ya antes de llegar a Chincha, cuando la panamericana se acerca a saludar al mar, recibíamos el primer aviso serio: grandes grietas en la pista obligan al bus a sortearlas con lentitud. En Chincha la desolación es grande: escombros por todas partes, montones de muebles apilados en las calles, postes de luz en el suelo o apoyados en las casas y enormes colas de gente en las estaciones de bus –con bastante orden por cierto-… Allí me encontré, en la Parroquia de Fátima, al palentino P. Santiago Calle, veterano ya de muchas batallas de solidaridad en el Perú. Fue el primer signo de esperanza: la organización. Con una parroquia bien organizada, laicos responsables y un sacerdote que sabe delegar, sí se puede afrontar con éxito una tragedia de la magnitud de este terremoto: los encontré ya en plena faena, unos a rezar en los múltiples funerales, otros en el primer reparto de agua, otros clasificando los primeros alimentos que habían llegado y –lo más importante- cuadernos en la mano para anotar necesidades evaluadas, responsables por sectores y armar estrategias a corto y mediano plazo. El P. Calle, gran parte del tiempo al teléfono coordinando la solidaridad nacional e internacional. -Santiago, ya te he visto, creo que más les distraigo que les ayudo, ¡ánimo! pero quería sólo pasar a saludarles” -No es poco, José Mari, en estos momentos. Gracias. S. CLEMENTE, UN PUEBLO FANTASMA. Siempre me lo pareció. Ubicado en pleno desierto, en ese pequeño otero frente al río Pisco y dando entrada a la provincia de Huaytará (Huancavelica) y al departamento de Ayacucucho, con un sol de justicia sobre él en los meses de calor, sin apenas árboles y flores… no es precisamente lo más atractivo a simple vista. Hasta allí daba mi segundo billete de bus, teniendo ya la referencia que, a corta distancia, estaba el punto más crítico del trayecto: el puente sobre el río Pisco medio en ruinas. Ya había pasado lo peor, el día anterior, con colas de vehículos hasta de siete Kms, pero aún me tocó caminar un buen trecho para coger una mototaxi que me llevara a casa de mis amigas las Dominicas del Rosario (españolas y peruanas). Constatación de la situación, saludo y aliento solidario y vuelta a la carreta, con “guardaespaldas” incluido, pues la situación estaba muy “picante” (había habido varios intentos de saqueo a los autobuses pero sobre todo a los camiones cargados con algún tipo de alimentos). En esos 300 m. hasta la carretera, volví a reafirmarme en lo de “pueblo fantasma”, pero ahora por otra razón: el derrumbe de casas es horrible, cuadras enteras totalmente en el suelo y sin que hayan podido salvar casi nada. Pasé mucha vergüenza pidiendo por favor me dejaran tomar fotos y aceptando cabizbajo los acosos: “¿Es usted del gobierno? ¿De qué institución es? ¿Nos va a llegar ayuda?”
MI QUERIDA ICA, CUÁNTO DOLOR. Tras algún pequeño altercado en el autobús por el sobrecosto de los pasajes (¡otra vez los vivatos descarados!) llegamos a Ica, capital del departamento y principal ciudad del mismo. Dejé en el camino, en la costa a Pisco, la ciudad más cercana al epicentro, la más afectada, según todos los informes, y con el mayor número de muertos (unos 365, y de ellos medio centenar en el templo parroquial mientras se celebraba una misa de difuntos…; entre los sobrevivientes el padre celebrante, encontrado casi dos días después agarrado a una columna y protegido por los escombros). Ica volvió a recordar la tragedia de Enero de 1998 cuando se inundó completamente y de cuyos efectos devastadores algunos sectores aún no se habían recuperado. La gran diferencia ahora ha sido el costo de vidas humanas (las cifras oscilan entre 65 y 100). Recorriendo las calles a pie uno se pregunta cómo murieron tan pocos… y la respuesta que todos dan: ¡la hora! Eran las 6.41 de la tarde y como el seísmo fue tan largo dio tiempo a la mayoría a salir corriendo y librarse de los techos y paredes que caían. Conversando con la gente se masca la tragedia, el dolor contenido, la resignación de muchos, pero también el coraje de volver a empezar. Las imágenes de gente sacando a la calle los escombros, derrumbando muros en peligro, improvisando lugar para comer y dormir… y tremendos gestos de solidaridad entre vecinos.
Varios hechos que nos llaman a reflexión: 1) La siempre lenta maquinaria de la ayuda oficial y –peor aún- la improvisación repitiendo el consabido aprovechamiento para “figurar” y no buscar la eficacia. Escenas que vi, en la Plaza de Armas de Ica, de multitudes ante un par de camiones para luego pelearse por lo que dieran en lugar de entregarlo a la población organizada en los barrios, son el mejor ejemplo. 2) Las reacciones delincuenciales de la población: los intentos de saqueo en las entradas de la ciudad a camiones y ómnibus (que expresan, sí, la desesperación de la población necesitada de todo, pero que no puede justificarse) 3) El aprovechamiento de todo aquel que tiene algo que ofrecer o vender y eleva los costos para lucrarse con el dolor. Algunos transportistas y comerciantes de todo tipo: desde cobrar un sol por un solo pan (antes daban 10 panes) hasta acordar un precio por 45 ataúdes para ser donados a Pisco y al ir a pagar pedir casi el doble… 4) Y, quizás lo peor, la balacera en las noches entre ladrones organizados en bandas y los vecinos y fuerzas del orden para impedir los robos. Da mucha rabia –se siente en la gente- que pueda haber personas con tan duro corazón para entrar a las casas destruidas y arrebatar a los indefensos ciudadanos lo poco que han salvado de la tragedia. A través de estas luces y sombras, el Señor nos sigue hablando y nos sigue revelando sobre cómo quiere que construyamos su Reino. En la Parroquia del P. Santiago Calle estaban en una “Gran Misión” apoyados incluso por sacerdotes de Bolivia. Tras el terremoto él dijo a todos: “Ahora la misión va a consistir en mostrar cómo practicamos la solidaridad eficazmente”. Eje central en el Evangelio del Señor Jesús: nos jugamos ahí nuestra calidad de discípulos y misioneros, como se nos ha dicho en Aparecida-Brasil. José Mª Rojo G. Nota: En Ica está el misionero del IEME José Manuel Miranda responsable, además de dos parroquias del extrarradio, de la Comisión de Derechos Humanos y de las Casas de la Salud, instituciones con mucha experiencia de solidaridad, sobre todo en la emergencia por la inundación del 98. José Manuel puede ser la persona más apropiada para coordinar las medidas de emergencia a nivel eclesial ahora. Si desean ayudar con alguna cantidad pueden hacer el envío a través de la cuenta que figura al final de la p. 19 de esta revista, indicando que es “para damnificados de Perú”.
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Sale por primera vez con destino a Tailandia Vicente Gutiérrez (de la diócesis de Santander). En agosto habían salido para comenzar su servicio misionero en Zimbabwe Alfonso Palos (Zaragoza) y Luis Carlos Rilova (Burgos)
...Y VIEN No son imágenes de otras tierras. Están tomadas en Madrid y quieren ser un indicativo de las realidades que nos encontramos cada momento en España y nos recuerdan la urgencia misionera de nuestra fe. Acogida de valores y estilos de vivir la fe con alegría celebrativa como lo hacen en otras iglesias, apertura al diálogo interreligioso con sus exigencias de autenticidad y profundidad en nuestra fe, presentación y oferta atrayente, con obras y de palabra a los que no conocen a Jesucristo o se han alejado de la fe y la práctica religiosa.
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Defunción de Francisco Orzáiz Pagola Nació en Mendigorría (Navarra) el 15 de Septiembre de 1940. Ordenado sacerdote en 1965, fue enviado a Japón. Una vez aprendida la lengua fue destinado a la parroquia de Sakaide, en la isla de Shikoku. Los cristianos eran pocos, pero había un hospital católico, llevado por religiosas dominicas, así como un asilo de ancianos. Cursó un año de renovación (Octubre de 1971-Junio 1972) en el Instituto Superior de Pastoral de Madrid y, vu elto de nuevo a la parroquia de Sakaide, comenzó a tener dificultades de salud . En 1988 fue a encargarse de otra parroquia, la de Koshien, en Osaka. Pero, unos meses después, una nueva recaída aconsejó el regreso de Francisco a Sakaide que ofrecía la seguridad del hospital. Y ahí en Sakaide ha venido desplegando, durante más de 40 años, una intensa y variada labor evangelizadora . Una operación de hernia inguinal en el año 2003 seguida de infección le obligó a visitar continuamente el hospital, sin descuidar por ello el trabajo pastoral diario. El 28 de Agosto de 2007 volvió a su tierra de Navarra y el 27 de septiembre entregó su vida a las manos del Señor.
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