EL REINO DE DIOS: HORIZONTE Y REALIZACIÓN DE LA MISIÓN

Reino y proyecto del amor de Dios Trinidad 

El Reino es el proyecto del amor de Dios que se comunica como creador y redentor. Se identifica con el amor infinito del Padre y, al igual que él, no tiene límites ni puede ser contrarrestado por condicionamiento alguno. El amor ilimitado de Dios tiene como designio la plena realización del Reino y tiende a superar cuantos obstáculos le oponemos: egocentrismo del que nacen el egoísmo, la codicia, el orgullo, la injusticia, y la violencia que a todo ello acompaña. El Reino está ya activo, superando los obstáculos que le hacen resistencia, aunque diste mucho de lograr su cumplimiento. El amor de Dios incluye a todos y a todo y tiene como única frontera la realización perfecta de la creación hasta su plenitud y la redención que impulsa a todo ser humano hacia la consumación de todas sus posibilidades, es decir hacia la santidad. La interrelación en el seno mismo de Dios que nosotros interpretamos en conceptos de conocimiento y amor, lo hace comunión de personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. La comunión trinitaria se proyecta, en el mismo acto de conocimiento y amor que la constituye, hacia la creación y hacia la humanidad, con una exigencia de solidaridad fraterna entre todos los seres humanos y de respeto cuidadoso hacia todo lo creado. La creación es riqueza ilimitada de variedad armónica ya que el mismo Dios es multiplicidad relacional. El pecado no es diversidad sino exclusión. El Reino de Dios, por el contrario, es comunión en solidaridad y amor que no excluye a nadie ni a nada y que terminará por realizarse en plenitud. Lo contrario supondría que el amor infinito de Dios es incapaz de dar cumplimiento a sus designios. 

Jesús y el Reino.  

El proyecto amoroso de Dios se manifiesta en Jesucristo, quien se identifica con el proyecto divino que constituye el Reino. Jesús es signo y sacramento del Reino; no solamente lo significa y proclama sino que lo realiza en su vida, muerte y resurrección. Por eso Jesús es el Reino en persona. El Reino es, ante todo, acción de Dios orientada por el Espíritu Santo a la venida de Jesucristo y a su plena realización. El Espíritu de Jesús resucitado universaliza luego su misterio de salvación y lo hace operante en toda la creación y a través de toda la historia. El Reino de Dios es, por consiguiente, co-extensivo al Cosmos y a la Historia. Entroncada en el misterio pascual, la acción salvífica del Espíritu actúa por mediación de la Iglesia que, con plenitud de medios, colabora en el establecimiento del Reino y nos prepara a recibirlo. También actúa a través de lo recto y verdadero de otras religiones aunque, en definitiva, la construcción del Reino es siempre obra de Dios. "La realidad incipiente del Reino puede hallarse también fuera de los confines de la Iglesia, en la humanidad entera, siempre que ésta viva los valores evangélicos y esté abierta a la acción del Espíritu, que sopla donde quiere y como quiere".(Redemptoris Missio 20). "Cristo murió por todos y la vocación suprema del hombre es una sola, es decir, la divina. En consecuencia debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en forma sólo de Dios conocida, se asocie a este misterio pascual" (Gaudium et Spes 22). Aunque toda salvación mediatizada por otras experiencias humanas y religiosas, que se sitúan más allá de las fronteras de la Iglesia, se relacionen con Cristo "en forma sólo de Dios conocida," se dan indicios de cómo estas experiencias se entroncan en el misterio salvífico de Jesús. Estos indicios son: la encarnación, la participación en el misterio pascual a través de nuestra vida, de nuestro sufrimiento y muerte, y la acción salvífica universal del Espíritu de Jesús resucitado. 

En cuanto a la encarnación, el concilio Vaticano II se refiere a la conexión salvífica de toda persona con Jesucristo: a través de su encarnación, "el Hijo de Dios de cierta manera se ha unido a cada persona" (GS 22) y, por dicha unión, la gracia es activa en los corazones de todas las personas de buena voluntad. 

La participación en el misterio pascual a través de nuestra vida, de nuestro sufrimiento y muerte es otro camino de unión salvadora con el misterio de la redención. Por la participación al misterio pascual asumimos la vida entera de Jesús y en particular su muerte y resurrección, o mejor, su muerte para la resurrección. Jesús que es Vida (Jn 14:6) vino para que tengamos vida y la tengamos en plenitud (...). En el misterio pascual, Jesús asume la radicalidad de la condición humana: nuestra vida y alegría de vivir con el sufrimiento que la vida humana conlleva, incluyendo la muerte. La vida y la muerte de Cristo son el camino hacia la resurrección. No podría ser de otro modo ya que, en la confrontación absoluta entre muerte y vida, el triunfo final de la muerte hubiese supuesto su victoria destructiva sobre la Vida Amorosa que es Dios. Esto equivaldría a la no-existencia de Dios o su radical vulnerabilidad, que viene a ser lo mismo. Todo ser humano, por su condición humana más profunda, entra en la dinámica del misterio pascual. Cuando asumimos nuestra vida y nuestra muerte, hecha suya por Cristo, nos entroncamos en la corriente salvífica de su misterio pascual. Por eso, tanto la alegría y la fiesta como el sufrimiento, que en definitiva nos acerca a la muerte, tiene en sí la capacidad de unirnos a la vida y a la muerte vivificadora del Salvador. 

Referente a la acción salvífica universal del Espíritu, a partir de los acontecimientos de la Pascua, el Espíritu Santo es Espíritu de Jesús resucitado, marcado por la encarnación del Verbo, por la vida de Jesús, por su muerte y por su resurrección. Por consiguiente, la acción salvadora y santificadora del Espíritu Santo, tanto en la Iglesia como más allá de sus fronteras, es la acción del Espíritu de Jesús resucitado marcado por la experiencia humana del Verbo encarnado y nos entronca en el misterio de salvación de Jesucristo, mediador privilegiado e indispensable. 

Compromiso por el Reino presente en la historia. 

El Reino está presente en el Cosmos y en la Historia. Es un don de Dios a cuya aceptación podemos disponernos por diferentes mediaciones y, de manera privilegiada, por mediación de la Iglesia. Por eso la misión de la Iglesia debe ser un servicio a la instauración del Reino de Dios. No construimos el Reino por nuestra actividad sino que lo construye Dios y el Espíritu de Jesús. Nosotros podemos solamente colaborar en su construcción respondiendo a su invitación y recibiéndolo. Por eso hablamos de la misión de Dios. La aceptación del don que es el Reino nos lleva a un compromiso y a una tarea que se realiza de manera dialéctica en las estructuras contingentes de la historia hacia la realización de la justicia y de la paz. En ello consiste nuestra colaboración con la acción divina. Esta tarea de colaboración arranca de la experiencia gozosa del banquete del Reino al que estamos invitados y que alimenta nuestra comunión con todos y con todo. Experiencia que queremos compartirla y a la que, empujados por el amor que en nosotros la acrecienta, invitamos de manera especial a los pobres y a cuantos encontramos en nuestro camino, tanto por nuestra vida como por nuestra palabra. 

El ejemplo de la vida y la palabra establecen ese encuentro y diálogo en que unos y otros nos hacemos partícipes de la experiencia de Dios realizada en experiencias religiosas y humanas variadas y diferentes. El encuentro conlleva amor del otro que se manifiesta sobre todo en el servicio, especialmente de los más pobres y de los que sufren. La vida y la salvación que vienen a los pobres son el signo de que el Reino ha llegado. El intercambio nos lleva a manifestar nuestra experiencia de Dios hecha en Jesucristo y por la acción del Espíritu Santo. El diálogo interpela a unos y otros y, finalmente, conduce a esa plenitud de vida que es la comunión cada vez más profunda con Dios y con los demás. (Cf. RM 15) 

El Reino supone contemplación y exige conversión.

Nuestra participación en la misión de Dios para establecer el Reino, y en concreto nuestra propia misión como Iglesia, nos lleva a la contemplación del misterio de Dios. Se trata, ante todo, de "buscar y encontrar a Dios en todas las cosas", de descubrir a Dios en la vida de la gente, en su historia, de ser conscientes de la continua relación del ser humano con Dios, no solamente en el secreto de su conciencia, sino también en sus relaciones sociales y en sus actividades y compromisos. Esta contemplación se realiza mejor mediante diálogo. Por el mismo acto en el que discernimos la experiencia de Dios en la vida y la experiencia religiosa de los otros descubrimos nuestra propia experiencia de Dios en Cristo y en su Espíritu. Hacemos la experiencia religiosa de un mismo Dios aunque las experiencias que de Él hacemos sean distintas debido a los diversos condicionamientos socio-culturales y a las diversas historias personales, también debido a la libertad divina y a la variedad de sus dones. 

La percepción de la acción divina en los otros y en nosotros mismos nos llama a una conversión cada vez más profunda a los valores del Reino: 

  • a una percepción de Dios como amor sin condiciones y sin límites que se realiza, ante todo, en los excluidos, 
  • a un amor por todos los seres humanos a quienes percibimos como verdaderos hermanos y 
  • a una fe y esperanza plenas de que el Reino está ya realizándose y de que llegará a su plenitud. 

Nos llama igualmente a la humildad, a ser servidores de un misterio que no poseemos ni dominamos pero al que, a veces, intentamos controlar colocándonos en situaciones de pretendido poder. Limitar, por ejemplo, el Reino a la fidelidad a un grupo religioso, sea el que sea, sería reducirlo y empequeñecerlo. 

El Reino que es, ante todo, acción de Dios es también respuesta a su llamada, volviéndonos a Él con amor y fidelidad, contemplando su misterio, compartiendo nuestra vida en comunión con los demás y promoviendo la justicia con el servicio y la entrega de nosotros mismos.

Bartolomé Burgos
(Foro de Misiones Extranjeras)

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