LA MISIÓN MES A MES

 (Marzo, 2007)

 

Este rincón de nuestra página quiere mostrar en concreto, a lo vivo, la misión real que hacemos hoy los misioneros en distintas partes del mundo. Casi como si el lector hiciera un viaje (lo hacen no pocos hoy) a los distintos escenarios donde trabajamos. Y además quiere mostrar algo que no todos los “turistas” o visitantes captan: los motivos que nos alientan, el alma que nos anima.Para ello este mes voy a recoger en breves trazos los afanes, las obras y los sueños inacabados de dos compañeros que acaban de dejarnos, llamados a la casa del Padre. En lo que va de año son cinco los amigos que se nos han adelantado. A gusto os contaría la misión que han desempeñado cada uno de los cinco. Pero escojamos sólo dos: Rogelio y José Luis. Rogelio falleció el 1 de Febrero después de 49 años en misiones de Colombia y República Dominicana. José Luis falleció el 19 de Marzo y llevaba 44 años en Japón. Dos misiones bien diferentes, las dos dentro de una misma misión. Vale la pena saber algo más de los dos.

 

Rogelio era un muchacho del pueblo, de un pueblo de Albacete. Quería ser misionero. No tenía estudios. Con 26 años se presentó en el Seminario de Misiones de Burgos para ser misionero seglar. A los cuatro años fue enviado a una selva colombiana en Purembará donde otros compañeros habían establecido un gran internado para ayudar a los indios katíos. Ahí gastó Rogelio 16 años de sus mejores fuerzas. Sin ningún ruido. Como labrador y hortelano (era lo suyo) aprendió y enseñó a sacar del campo el sustento para los indios sus amigos. Y con la misma autenticidad les enseñaba catecismo y vida cristiana. Les quería de verdad y ellos le correspondían igual. Le llamaban “el padre hermano”. ¿Qué les enseñaba? No sería muy distinto de lo que captó una sobrina suya, Ana Belén, quien de sus contactos con su tío Rogelio sacó estas conclusiones: Me enseñó que no se juzga a la gente, que para eso está Dios; me enseñó que no sólo es bueno pedir perdón cuando te equivocas, sino que también se obtiene gran satisfacción cuando eres capaz de perdonar cuando te han herido: a lo mejor lo han hecho sin querer y el rencor no lleva a nada; y también aprendí de él que ayudar a las personas sin pedir nada a cambio es más gratificante. Se arrancó de sus indios con pena en 1974 para abrir, con sus compañeros, nuevos campos de misión en la República Dominicana.

 

Tres fueron los campos de trabajo en la isla caribeña: Gualey, Villamella y El Limón, en la frontera con Haití. En Gualey, un barrio peligroso, fue capaz de amansar a los “tigres” y se paseaba por las callejuelas de junto al río, donde no se atrevía a entrar la policía, saludando a sus viejitas. En Villamella montó en bicicleta para llegar a todos los sectores, visitar comunidades, acudir a escuelas como alumno y animador, dar catequesis y visitar a compañeros. En El Limón supiste rodearte de jóvenes, acompañándoles con tus consejos, con disciplina, mucha comprensión y muchísimo cariño. Y en todas partes seguiste siendo labrador: Por donde pasaste, recuerdan tus amigos, derramaste vida convirtiendo terrenos pedregosos, como el de El Limón, en un vergel donde crecían plátanos, yuca, batatas y toda clase de frutas del trópico.

 En 1988, buscando una mayor eficacia en su trabajo pastoral, solicitó poder ordenarse de diácono permanente. Tras arduos esfuerzos de preparación, fue ordenado diácono y quedó incardinado en su Diócesis de Albacete pero siguiendo siempre su trabajo en misiones. Hasta que en 2004, con su salud deteriorada, tuvo que venir a España, soñando siempre en curarse y volver. A este misionero no le recordaremos por sus discursos ni palabras sino por su vida, su entrega total, su sencillez, su austeridad de vida, su bondad. Era un hombre bueno, un compañero fiel y sin doblez.

 

Cambiamos de escenario y nos vamos al Japón. Allá llegaba José Luis, sacerdote de Pamplona, el 19 de Marzo de 1963, tras cuatro años de entrenamiento pastoral y aprendizaje del inglés en California. Quién le iba a decir que sería también un 19 de Marzo, 44 años después, cuando le iba a llamar el Señor tras sólo dos meses de enfermedad. El Japón al que arribó José Luis tenía aún mucho de pobreza y obligada austeridad, aunque ya aspiraba con fuerza a cotas de mayor desarrollo. Por falta de recursos, José Luis, como otros compañeros de entonces, no pudieron estudiar la lengua debidamente y ese pecado original lo arrastraron toda su vida. Eso, en un país culto y ceremonioso, te hace sentirte medio analfabeto en multitud de ocasiones. Pero a todo vence la determinación, la entrega a la vocación recibida, los sueños que la misión te va metiendo y cambiando y purificando.

 

Esta misión, asumida con entusiasmo pero también con lucidez, es el gozo y el sufrimiento de todo misionero. En el caso de José Luis, hombre abierto, inquieto, siempre dispuesto a leer y oír algo nuevo y a discutirlo, este itinerario misionero ha sido realmente variado y fecundo. Llegó al Japón en pleno Concilio Vaticano II, cuando entre los compañeros y los obispos japoneses era claro en qué consistía la misión cristiana y cómo había que ser misionero. Eran planteamientos que hoy nos parecen estrechos, con tanto acento en bautizar a la gente y para eso en hacerse presente, buscar contactos y hacer amistades. Pero esos planteamientos iban animados de algo que ni pasa de moda ni tiene repuesto: querer a la gente, servir a los pequeños, atender a quienes se te acercan, hacer el bien a fondo perdido. Y a todo esto José Luis se entregó sin descanso. Los 44 años. Bautizó a pocos. Como los demás misioneros del Japón de antes y de ahora. Pero repartió evangelio y ayudó a muchos, consoló a muchos, animó a muchísima gente. Su primera “parroquia” no pasó de una o dos docenas de cristianos. Pero eso nunca le desanimó. Su parroquia era ancha como el mundo. Y una actividad que él mimó y que le llenaba de ilusión era la enseñanza. En escuelas de párvulos, en colegios y universidades le encantaba tratar con los alumnos, con sus padres y con los demás profesores. Casi nadie de ellos era cristiano. Era el diálogo de amistad, un buen diálogo interreligioso. Con su jovialidad y sus ocurrencias iba sembrando esperanza y alegría. Muchas veces hablábamos de que, en Japón, un misionero que no contagiase alegría, la alegría honda que brota de la fe, no tenía nada que hacer. José Luis sabía hacerlo bien.

 

Acabo de recibir la condolencia de una de sus alumnas. Aprendió español en la Universidad con José Luis de profesor. Pero apenas se entiende lo que escribe. Aún así, lo voy a copiar literalmente. Porque una cosa sí aparece clara: más que español aprendió razones para vivir. Dice así: Dígale al señor José Luis Lecumberri sobre gracias. Soy uno de los estudiantes que tomaron enseñando del profesor Lecumberri en Universidad de Eichi japonesa. Lo siento más súbito su pérdida, un corazón del profesor Lecumberri. Su enseñanza que era estrictamente siempre manso en amor grande dio el valor a mí. Realmente me defraudo y estoy triste, pero quiero tallar con enseñar de la vida que un maestro cedió un corazón profundamente. Le expreso mi sincera condolencia a su familia”.

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