LA MISIÓN MES A MES
COMENTARIO
Hace 28años, una bala asesina apuntó directa al corazón de Mons. Oscar Romero, Arzobispo de San Salvador. Su cuerpo se desplomó al pie del altar, donde celebraba la Eucaristía. Un tiro perfecto, fácil de ejecutar, sin ningún riesgo para el asesino, porque los mártires no ofrecen resistencia.
Un crimen planificado y premeditado. Por quiénes?... Por los dueños de la vida y de la muerte. Por los señores que tienen el poder, y por eso deciden quién vive y quién tiene que morir. ¿Pero por qué tiene que morir un inocente?...Porque su voz de denuncia, su voz de verdad, su voz de defensa, molesta a los oídos de los malvados.
Porque los poderosos sienten que sus planes e intereses están en riesgo, si esas voces proféticas logran extender su eco . Porque esos grupos de poder, egoístas y mezquinos, colocan sus intereses por encima de cualquier otra cosa en el mundo. Incluso por encima de la vida de los demás, sobre todo, si los demás son esos pobres, marginados y excluidos de la sociedad, tirados en la cuneta del camino de la vida.
En nuestra Centroamérica se cuentan por millares, los hombres y mujeres que han derramado su sangre, por denunciar la represión y atropellos contra sus hermanos los más sencillos; por gritar la verdad, cuando lo cómodo era callarse; por ponerse del lado del pobre, cuando era más seguro arrimarse al poderoso.
La Iglesia universal se mantiene viva y en camino, gracias a la savia nueva que le inyectan estos miles de hombres y mujeres, testigos de la fe, mártires por la causa de Jesús y la fidelidad a su Evangelio del Reino. La vida y la muerte de estas hermanas y hermanos que nos han precedido, y que con su sangre sellaron su fe, son ejemplo luminoso que nos muestra el camino.
Pocos de ellos son conocidos. La mayoría de mártires quedaron en el anonimato. Desconocemos sus nombres, pero conocemos su vida y su ejemplo que permanecen con nosotros.
Gracias, Monseñor Romero, por haber optado por los pobres y porque fuiste consecuente hasta el final, hasta el 24 de marzo de 1980, cuando aquella bala asesina derramó tu sangre al pie del altar. Gracias, “San Romero de América”, como el pueblo latinoamericano te aclama.
Gracias también, Monseñor Gerardi, nuestro mártir de la verdad. Gracias a todos los hombres y mujeres centroamericanos, que dieron su vida por la verdad, la justicia y la paz, en estos años recién pasados. Ellos regaron con su sangre los surcos de Centroamérica, donde la nueva semilla viene germinando y el fruto comienza a despuntar.