COOPERACION MISIONERA:

LA FANTASIA DE LA MISIÓN

Eloy Bueno de la Fuente

La cooperación misionera forma parte de las experiencias inmediatas de nuestra vida eclesial. Constituye un árbol de muchas ramas y un río de múltiples afluentes, a través de los cuales muchas personas participan activamente en las iniciativas eclesiales o se sienten en contacto con ella. Esta omnipresencia, que la hace cercana y accesible a casi todos, es precisamente la que exige una reflexión sobre su sentido, su valor y su alcance. Es su carácter inmediato y evidente el que puede provocar que no penetremos en su auténtico dinamismo o que se prolongue de un modo rutinario, estereotipado e inconsciente. Hace falta por ello que la vivamos y la desarrollemos como el despliegue de la fantasía de la misión. Entonces podremos desarrollar aún más posibilidades. En caso contrario podemos quedarnos en una espontaneidad anárquica o en una organización burocrática.

 

DESDE LA EXPERIENCIA HACIA LA FANTASÍA DE LA MISIÓN

La cooperación se realiza por parte de muchos cristianos de modo espontáneo bajo múltiples formas: la ayuda económica que se presta a un misionero conocido, la contribución a un proyecto dado a conocer por una congregación religiosa o por una parroquia, la plegaria que se eleva comunitariamente en la eucaristía dominical o en la oración privada, la adquisición de productos de artesanía distribuidos por una ONG o por un grupo misionero, la asistencia a una ceremonia en la que se envían los misioneros, la recogida de sellos para las misiones, el día del ayuno voluntario… Todas estas expresiones de la cooperación muestran la simpatía que despiertan los misioneros y la sensibilidad que se esconde en el corazón de los cristianos ante la obra misionera de la Iglesia. Esa espontaneidad sin embargo no deja siempre ver toda la hondura de lo que se está realizando, y por ello no cultiva de modo suficiente la fantasía que la misión debe provocar para encontrar las formas más adecuadas de cooperación.

Por otro lado está muy presente la organización oficial y articulada de la cooperación misionera, especialmente a través de las campañas que jalonan el año litúrgico. Estas campañas pretenden introducir en la eucaristía la obligación misionera de todos los bautizados, señalando algunas jornadas especiales para destacar un aspecto o una dimensión de la cooperación misionera. El pueblo cristiano suele ser comprensivo y generoso, especialmente cuando se celebra el DOMUND o la Campaña contra el hambre. Pero puede quedar en una contribución económica con una obra o proyecto que queda en la distancia de cada uno ya que funciona como un canal de ayuda, fiable ciertamente, pero autónomo o independiente.

El hecho de que hablemos de un fenómeno tan evidente y espontáneo, y asimismo el hecho de que esté canalizado por organizaciones eficaces y llenas de credibilidad parecería hacer insuficiente una reflexión de más amplio alcance. No obstante es un camino que debe ser recorrido para captar toda la fantasía que la misión de la Iglesia está en condiciones de desplegar en la vida eclesial, especialmente si tenemos en cuenta toda la amplitud de la misión y sus modalidades a través del tiempo. No se trata por ello de buscar raíces teológicas de carácter teórico o especulativo, sino de captar el dinamismo de la acción misionera.

Una reflexión serena y coherente sobre la cooperación misionera facilita el reconocimiento de la actividad de los otros, haciendo así posible la inserción en un proyecto de comunión y de corresponsabilidad. De este modo, además, se podrá descubrir con mayor amplitud y perspectiva el sentido genuino de la misión, que en caso contrario puede quedar reducida a una perspectiva unidireccional y geográfica: serían sólo los miembros de unas comunidades eclesiales las que ayudan a otras, que se encuentran en situación de necesidad y que radican en lugares geográficos distantes; desde este planteamiento quien coopera se sitúa hasta cierto punto a distancia de la misión en sentido estricto, de modo que acción misionera y cooperación misionera funcionarían como dos magnitudes que se pueden no sólo distinguir sino separar. En el caso de que se superen estos estrechamientos y estos riesgos se dejaría un mayor espacio a la creatividad y a la implicación, pues el aliento de la misión suscita una fantasía a la que hay que dar cuerpo y espacio.

 

DESDE SU ORIGEN LA MISIÓN SUSCITA LA COOPERACIÓN

Puede parecer anacrónico que nos remontemos a los momentos iniciales del anuncio evangélico para buscar modos de cooperación misionera. Parece un intento anacrónico porque rompe los esquemas a los que estamos habituados. Pero precisamente por ello resulta enriquecedor para devolver a nuestros esquemas actuales más frescura y más flexibilidad. Ese dinamismo originario nos permitirá descubrir, por un lado, la íntima implicación entre ambas, y por otro lado la diversidad de modalidades que va generando la misión desde las necesidades y circunstancias concretas.

Jesús anunció el evangelio del Reino de modo itinerante, recorriendo los caminos y los pueblos de Galilea. Y ya desde el principio fue contando con apoyos y ayudas de tipo diverso: con él iban no sólo los discípulos más cercanos sino también un grupo de mujeres que incluso ponían a disposición los propios bienes (Lc 8,1-3); en diversos lugares se le ofrecía alojamiento y hospitalidad, como en la casa familiar de Pedro en Cafarnaún (Lc 4,38-39) o en la residencia de Lázaro y sus hermanas (Jn 12,1; 11,1-6); acogía invitaciones en casas con las que mantenía sin duda una relación duradera; el envío de los discípulos fue creando una red de contactos capaces de establecer vínculos de amistad (Lc 9,1-6)…

La biografía de san Pablo desvela, especialmente a través de sus cartas, la vida misma de la misión de la Iglesia naciente a raíz de la Pascua y de Pentecostés. El relato del apóstol deja ver que se siente acompañado por sus iglesias de modos diversos. La cooperación económica no se encuentra en el primer plano: recuerda con orgullo que pretende no ser gravoso a nadie, por lo que procura trabajar manualmente (2Cor 11,9), pues sólo acepta la ayuda financiera de los filipenses, debido a las especiales relaciones con esa comunidad (Fil 4,15-17). Más importante es el apoyo personal: Timoteo y Apolo se encuentran en movimiento permanente para sostener el desarrollo de la obra evangelizadora (1Cor 16,10-12); Tito es designado como cooperador de Pablo en medio de los corintios (2Cor 8,23); Epafrodito es enviado por los filipenses para atender a Pablo en sus necesidades (Fil 2,23). Más allá de las personas concretas son las mismas iglesias las que colaboran con la obra de Pablo no sólo por sus oraciones (Fil 1,19) sino por el testimonio de la vida cristiana de los bautizados, que se divulga e irradia por todas partes (1Tes 1,8). Lleno de gratitud se dirige por ello a los filipenses mostrando que ese gozo que él experimenta es el mejor de los regalos y la (en nuestro lenguaje) mejor cooperación misionera: “Vosotros sois mi alegría” (Fil 4,1).

Tanto 1Cor 16 como especialmente Rom 16 contienen numerosas alusiones a personas concretas, hombres y mujeres, que son designados como cooperadores o colaboradores por la función que desempeñan en el servicio comunitario y en las relaciones de comunión entre las diversas iglesias. Es uno de los ejemplos más claros en los que, a través de rostros y nombres personales, se constata hasta qué punto misión y comunión se funden y se potencian. Este principio se expresa con toda claridad en uno de los compromisos que asumió Pablo con mayor convicción: la colecta a favor de los cristianos de Jerusalén. Repetidamente solicita la generosidad de las diversas comunidades, a las que pide que designen alguno de sus miembros para llevarla a su destino (1Cor 16,1-3; 2Cor 8,18-20). Incluso implica a iglesias que él no había fundado para que colaboraran en esa doble dirección: solicita a los romanos que intercedan ante los cristianos de Jerusalén para que acojan la colecta, y a la vez les pide su apoyo de cara al proyecto misionero que espera realizar en Hispania (Rom 15,25-33).

Estas breves alusiones muestran de modo patente la lógica que debe ser descubierta para entender en toda su hondura la cooperación misionera: no se trata de un apoyo que se da a “los que están en misiones”, es expresión de la participación de todos en el dinamismo misionero de la Iglesia; ésta es realizada de un modo prototípico por el apóstol, pero en su ejercicio se ve acompañado por las iglesias. Misión y cooperación por tanto no deben ser concebidas como magnitudes distintas que se relacionan desde fuera. Es una tarea común que se manifiesta bajo modalidades diversas, según el carisma, las circunstancias y las posibilidades de cada uno. Son las situaciones, cambiantes y a veces imprevistas, las que ofrecen espacio e itinerarios a la fantasía que brota de la misión: aportación económica, colectas especiales, testimonio en el propio lugar, comunicación frecuente, elección y envío de personas, acogida de los enviados del apóstol…

 

EN EL DINAMISMO CARISMÁTICO DEL PUEBLO DE DIOS

Los orígenes de la misión cristiana nos aportan importantes elementos para una comprensión de la cooperación misionera. Igualmente ilustrativo es el momento en el que nacen los que podemos denominar como orígenes de la cooperación misionera de los tiempos modernos. Actualmente conocemos sobre todo las Obras Misionales Pontificias, que coordinan y articulan las iniciativas de cooperación. Es particularmente instructivo remontarnos a su origen y nacimiento, a la vida que subyace a la actual organización pastoral y burocrática. Nos fijaremos en las dos primeras, la Obra de la Propagación de la Fe y la Obra de San Pedro Apóstol, porque ambas fueron iniciadas por dos laicas, Paulina Jaricot y Juana de Bigard. Ninguna de ellas pudo prever el destino de la iniciativa que suscitaron. Y una y otra debieron experimentar los sinsabores y los sufrimientos de unos proyectos que debieron abrirse camino entre las complejidades de la historia y entre las debilidades humanas. Por ello mismo es por lo que dejan ver el sentido genuino de los carismas en la Iglesia: el don recibido debe ser desarrollado en servicio a la edificación eclesial a fin de que ésta pueda ser fiel a la misión recibida. La fantasía de la misión suscita respuestas sinceras y auténticas, que son recogidas por la Iglesia, pero que por ello deben hacerla sensible a las necesidades de cada momento histórico.

El origen de estas dos iniciativas muestra la creatividad carismática si lo situamos adecuadamente en su momento histórico: la Francia del siglo XIX. La gran empresa misionera que había arrancado en el siglo XVI con las hazañas de navegación de portugueses y españoles y con el descubrimiento de nuevas tierras había experimentado una profunda crisis. El panorama de Europa había cambiado sustancialmente. Los conflictos suscitados por las controversias religiosas, la sucesión de las potencias imperialistas, el avance del colonialismo y de los conflictos comerciales, la conmoción de la revolución francesa, el desarrollo de las nuevas ideas ilustradas y racionalistas, la actitud anti-eclesial de amplios e influyentes sectores de la población… habían alterado sustancialmente los presupuestos del proyecto misionero que se desplegó en los inicios de la época moderna. Especialmente Francia había experimentado una conmoción en sus estructuras, lo que había conducido a la Iglesia a una situación difícil, en la que se veía obligada a resituarse en un nuevo régimen político, cultural, económico y religioso.

Desde nuestro punto de vista interesa destacar un aspecto fundamental: la acción misionera no podía contar con los apoyos institucionales que la habían acompañado hasta entonces. Los nuevos poderes no se sentían vinculados a aquel proyecto evangelizador. Ahora era la Iglesia misma, desde su pobreza y limitaciones, la que debía responder a la misión universal. En este contexto es la fantasía del Espíritu la que suscita iniciativas sorprendentes por su novedad y por su aliento. Por un lado a lo largo del siglo XIX irán surgiendo numerosas congregaciones religiosas, especialmente en el campo de la educación y de la misión. Por otro lado será el conjunto del Pueblo de Dios, a través de figuras carismáticas, el que se sentirá interpelado para asumir su responsabilidad, conforme a sus posibilidades y para responder a los desafíos del momento. Se ha hablado con razón a este respecto del movimiento misionero que atraviesa toda Europa en el difícil siglo XIX: se han contado en este período más de 200 organizaciones y asociaciones que tenían como objetivo el envío de misioneros o el apoyo a sus actividades.

Paulina Jaricot (1799-1862), nacida en Lyón de familia burguesa, recibió –tras diversos tanteos e intereses- el carisma de entregarse por la Iglesia y por Francia. Esto se concretó –estimulada por su hermano, que se preparaba como misionero- en el empeño por atender las inmensas necesidades de las misiones de Asia oriental. Para ello ideó una estructura peculiar: una asociación, formada por grupos de diez personas, que aportarían una cuota semanal. Comenzó con las obreras de la fábrica de su padre. Era 1819. La primera semana recaudó 18 francos, 300 la segunda y 1800 la tercera.

Este proyecto, iniciado por una joven laica, no encontró sin embargo el reconocimiento rápido de las autoridades eclesiales. Simultáneamente habían surgido otras iniciativas. Se vio la conveniencia de una fusión entre ellas. En la reunión decisiva no estuvo presente Paulina. Su propia obra debió integrarse en otra mayor, quedando ella misma relegada. No obstante, la reflexión común había impuesto una mayor conciencia universal: no había que reducirse a ayudar a una empresa concreta, se debía dar origen a algo verdaderamente católico y universal. Paulina seguiría colaborando fielmente, aunque posteriormente su destino personal la obligó a afrontar la ruina y la mendicidad hasta morir en la pobreza más absoluta.

Juana de Bigard (1859-1934) escribe también con su sufrimiento una de las páginas más hermosas de servicio a la difusión del evangelio. La colaboración con una institución que enviaba ornamentos a los misioneros le permitió una relación epistolar con el P. Villion. Le entrega su dote para la construcción en Kyoto de un templo dedicado a san Francisco Javier. Llega a su conocimiento la solicitud de ayuda por parte del obispo de Nagasaki para poner en marcha un seminario. Consciente de la urgencia y de la gravedad de la formación del clero nativo se consagrará enteramente a ese objetivo a través de la oración y de la ayuda económica.

Debió superar dificultades enormes tanto a nivel público como privado. En el ámbito civil encontró numerosos obstáculos para inscribir y organizar su obra. En el ámbito eclesial escuchó acusaciones de escapismo, al eludir los problemas de la iglesia en Francia. A nivel personal debió ir asumiendo problemas sicológicos y la pérdida de la razón, hasta ser internada en el manicomio. En 1927, antes de su muerte, Pío XI había consagrado al primer obispo japonés. Mons. Hayasaka, que había podido estudiar gracias a una beca ofrecida por la madre de la misma Juana.

Estos proyectos, junto con otros dos, irían recibiendo reconocimiento oficial hasta quedar constituidos como Obras Misionales Pontificias. Constituyen un ejemplo claro de cooperación misionera: se desarrollan desde la implicación personal en el destino de la misión, pretenden incorporar al conjunto de los cristianos, el protagonismo individual se integra en el protagonismo eclesial, se ofrece una respuesta desde las circunstancias del tiempo y desde las necesidades de la iglesia… Desde estas realizaciones concretas se puede captar el sentido teológico de la cooperación misionera: no surge simplemente de una deducción racional o de una planificación burocrática, sino de la fuerza del carisma que, como intuición profética, refleja la fantasía del Espíritu.

 

LA COOPERACIÓN MISIONERA EN UNA IGLESIA QUE ES MISIONERA POR NATURALEZA

La vida real de la iglesia, es decir, el desarrollo de los carismas de los cristianos, ofrece el punto de partida para una relectura teológica. Para no extendernos en un amplio desarrollo, nos fijaremos en la lógica y la coherencia que subyace al decreto Ad Gentes . Más que en las afirmaciones concretas debemos prestar nuestra atención en la lógica de reflexión de los obispos en el Vaticano II.

El decreto conciliar dedica el sexto capítulo a la cooperación misionera. Aparece por ello como la conclusión (o, mejor, el fruto granado) de los capítulos anteriores: tras exponer los principios doctrinales (cap. I) y el proceso que desde al anuncio conduce a la consolidación de las iglesias (cap. II-III), se presenta la identidad y la función de los misioneros (cap. IV), como protagonistas de la acción misionera de la iglesia. Estos, por tanto, no deben ser considerados de modo aislado o individual sino como cristianos a quienes su carisma les lleva a consagrarse al dinamismo que brota del misterio del Dios Trinidad. El carisma de los misioneros debe ser asimismo situado en el conjunto de la “ordenación de la actividad misionera” de la Iglesia (cap. V). Finalmente el cap. VI expone la cooperación misionera, pues todos deben asumir su responsabilidad en una tarea que es común y compartida. Dentro de esta inserción en el planteamiento global adquiere toda su fuerza cada una de las afirmaciones de este capítulo.

El punto de partida en AG 35, para ratificar esta profunda implicación, repite lo ya dicho en AG 2, que resume la convicción que atraviesa todo el decreto: la iglesia entera es misionera, y por ello la obra de la evangelización es deber fundamental de todo el Pueblo de Dios. Este principio, que hoy puede parecer obvio a muchos, había sido establecido como un avance o desarrollo realizado por el Vaticano II. Durante mucho tiempo se pensaba que la actividad misionera correspondía a unos pocos, pues sólo algunos eran considerados misioneros en sentido estricto (los clérigos, por la concepción jerarcológica de la Iglesia, y los religiosos, porque históricamente habían dedicado grandes esfuerzos a la actividad misionera). El Vaticano II reajusta la perspectiva: la obligación misionera no brota del sacramento del orden o del voto de consagración sino del bautismo y de la pertenencia a la Iglesia. Este cambio no puede dejar de repercutir en la concepción de la cooperación misionera: si la acción misionera era propia de unos “especialistas” o de unos “enviados oficiales”, la ayuda o colaboración debía realizarse en cierto modo “desde fuera” o “desde la distancia”. El cambio de perspectiva replantea la cuestión: cómo puede cada uno aportar su contribución particular a una obra que es de todos y que por ello no es ajena a nadie. Queda así superada toda “distancia” o toda “exterioridad” y la cooperación integrada en la responsabilidad misionera del Pueblo de Dios.

Es lógico por ello que AG 35 invite a todos los bautizados a “una profunda renovación interior” para descubrir la responsabilidad propia en la difusión del evangelio y por ello para asumir el papel que le toca “en la obra misionera entre los gentiles”. Es decir, esa responsabilidad sitúa a todo bautizado en el seno de la obra misionera : por ello su horizonte no debe ser tanto ayudar a otros cuanto la fidelidad a la propia llamada y al propio carisma, a la responsabilidad en la misión universal.

AG 36 explicita “el deber de cooperar”. Con ello no hace más que formular con otras palabras lo que ya estaba dicho desde el nivel conceptual y teológico. De modo coherente con la lógica establecida se presenta como primera obligación en pro de la difusión de la fe y de la adquisición de un espíritu verdaderamente católico el testimonio de una vida cristiana. . La autenticidad de la vida cristiana será el criterio de la auténtica cooperación eclesial.

Desde este presupuesto el paso ulterior no es más que una concreción que da realidad y validez al propio testimonio: ofrecer oraciones y obras de penitencia, preocuparse por las vocaciones misioneras, aportar los recursos necesarios… La fe cristiana genuina, movida por la caridad, desarrolla la sensibilidad para captar la solicitud o el clamor de quienes interpelan “¡ayúdanos!”.

La vida cristiana no puede ser testimoniada y desarrollada desde una dimensión puramente individual. La fe cristiana y eclesial es siempre un “nosotros”. Por eso AG 37 da un paso ulterior: la fe y el testimonio se viven en comunidad, el Pueblo de Dios existe en diócesis y parroquias, por lo que la renovación y el compromiso misionero debe realizarse por parte de toda la comunidad eclesial. Y es ya entonces cuando AG va especificando o precisando el modo de cooperación de los distintos miembros del Pueblo de Dios: obispos, presbíteros, congregaciones y órdenes religiosas, institutos consagrados al servicio misionero, laicos… Redemptoris Missio 78, veinticinco años después, formula con mayor claridad: todos los cristianos son corresponsables de la actividad misionera; por ello la participación en la misión universal no se reduce a algunas actividades particulares, sino que es signo de la madurez de la fe y de una vida cristiana que produce frutos.

La doctrina conciliar es clara y profunda, novedosa incluso en su momento. Sin embargo necesita dar un paso más, en la línea ya desbrozada por RMi. Hay que evitar o superar toda concepción de la misión en sentido unidireccional, es decir, como la actividad que se dirige de unas iglesias (antiguas o sólidas) a otras (más jóvenes o más débiles y necesitadas). Mientras se mantenga este planteamiento la vivencia y el despliegue de la cooperación seguirá adoleciendo de esa “distancia” o “exterioridad” a la que hemos aludido. La cooperación misionera queda situada en el seno de la misma actividad misionera porque la misión es un proyecto corresponsable.

Sólo desde esta óptica se podrá recoger toda la interpelación del trastrocamiento de situaciones que ha experimentado la misión, como reconoce RMi. Porque ese trastrocamiento ha sido provocado por la evolución de las circunstancias y porque ello no se puede afrontar más que desde la comunión entre las iglesias, es por lo que se abren formas nuevas de cooperación misionera (RMi 82). Esa novedad es la que debe ser particularmente atendida en la actualidad, porque desde ella el Espíritu sigue suscitando la fantasía de la misión. Como en los orígenes y como en el siglo XIX, el siglo XXI está llamado a desplegar su propio modelo de cooperación misionera, debido a que ha cambiado el contexto de la misión universal.

 

LAS FORMAS TRADICIONALES DE LA COOPERACIÓN MISIONERA

La animación misionera, la pastoral de la Iglesia y las recomendaciones de los Papas han girado en torno a tres modalidades de la cooperación misionera: cooperación espiritual, cooperación personal, cooperación económica. Constituían los tres pilares sobre los que se apoyaba la participación de todo el pueblo cristiano en el tipo de misión que hacía falta a la luz de las condiciones de la época. Al calificarlas como “tradicionales” no pretendemos indicar sin embargo que tengan sentido solamente dentro de un marco temporal. Su carácter tradicional es más profundo: son modalidades necesarias e irrenunciables y por ello conservan permanentemente su validez. Estas formas, sin embargo, deben ir acompañadas de otras modalidades que respondan a las nuevas circunstancias y que reflejen de modo también evidente los presupuestos que hemos ido indicando. Conviene por ello enumerar las formas tradicionales para percibir con mayor claridad la novedad de las formas que actualmente se hacen también necesarias.

La cooperación espiritual

Juan Pablo II en RMi 78 recuerda que entre las formas de cooperación misionera “el primer lugar corresponde a la cooperación espiritual: oración, sacrificios y testimonio de vida”.

Mediante la oración el cristiano acompaña el camino de los misioneros para que el anuncio de la Palabra resulte eficaz por medio de la gracia divina. Ello es posible porque desde su raíz la oración permite al cristiano alcanzar la mirada de Dios sobre el mundo y de este modo insertarse como protagonista en la historia de la salvación. El misionero en su oración, y cada cristiano con la suya, se encuentran en el mismo designio salvífico de Dios a favor de la humanidad entera.

Los mismos contemplativos son por ello invitados a participar activamente en el proyecto de Dios visibilizado por los misioneros. Prueba de ello es el hecho de que Teresa del Niño Jesús desde el Carmelo ha merecido ser declarada patrona de las misiones (pues su aportación no es menor que la de una vida itinerante como la de Francisco Javier). Como expresión y estímulo de la oración misionera se señalan periódicamente las intenciones misioneras que deben alimentar la oración de toda la Iglesia.

El ofrecimiento del sufrimiento y de los sacrificios por los misioneros vive de la misma lógica: no sólo la experiencia del dolor ayuda a descubrir la propia debilidad y la infancia espiritual sino que permite adquirir los mismos sentimientos del Cristo que gastó y desgastó su vida a favor de todos asumiendo sin rencor los efectos de la crueldad humana. No se trata de sacralizar el sufrimiento o de legitimar la violencia sino de reconocer la condición humana desde la comunión con Dios y con las necesidades de todos los hombres. El valor salvífico del dolor es el reconocimiento de un Amor que envuelve a todo ser humano en sus debilidades y angustias rescatando a quien padece de toda tentación a la desesperanza o a la incomunicación.

Desde este punto de vista la Unión de los enfermos misioneros debe ser considerada como una riqueza y un tesoro de la Iglesia. No sólo ellos aportan un testimonio de vida auténtico sino que se convierten en altar existencial desde el que toda la comunidad eclesial entrega su vida y agradece su esperanza al Dios que no abandona a sus criaturas.

La cooperación personal

Es la oración personal la que permite descubrir que la participación en el proyecto de Dios no puede reducirse a la entrega de cosas o de recursos materiales. En toda relación personal lo central y decisivo es la entrega de la propia vida, la puesta a disposición de la propia existencia. Cada cristiano por ello debe rezar por las vocaciones misioneras y debe contribuir económicamente para que puedan formarse y desarrollarse, pero ello no puede oscurecer la dimensión del propio compromiso personal.

Las vocaciones misioneras nativas son imprescindibles para el desarrollo de las nuevas iglesias, pero asimismo todo creyente debe descubrir qué dimensiones de su persona deben desarrollarse como cooperación misionera: tiempo dedicado a la animación misionera, períodos de presencia en contextos misioneros, el testimonio personal que fortalece la propia fe comunicándola a los otros, concreciones misioneras de la propia profesión… Desde esta perspectiva se pueden entender y afrontar algunas de las modalidades nuevas de cooperación misionera a las que nos referiremos posteriormente.

La misma perspectiva debe ser asumida por las comunidades eclesiales. Ciertamente deben preocuparse por las vocaciones, pero con mayor fuerza aún deben preguntarse hasta qué punto se sienten comprometidas con la puesta a disposición de algunos de sus miembros para el servicio misionero universal. El interrogante se hace más agudo en el caso de que efectivamente aumente la contribución económica mientras disminuye el cultivo de las propias vocaciones misioneras. La interpelación se hace más crítica si tenemos en cuenta el aumento del nivel de vida, que facilita la entrega de recursos económicos, mientras que no se utilizan las posibilidades de movilidad que facilitarían el envío de personas aunque nada más fuera por un tiempo limitado.

La cooperación económica

En general se puede decir que se trata de una de las formas de cooperación más extendida y más valorada, especialmente porque es cuantificable y porque se traduce en proyectos e iniciativas concretas y fácilmente perceptibles. Es efectivamente una contribución imprescindible debido a las clamorosas situaciones de necesidad en tantos lugares en los que trabajan los misioneros. Es uno de los modos de suscitar con mayor intensidad la sensibilidad de los cristianos.

No obstante, la contribución económica debe ser situada en su lugar exacto y sometida a criterios rigurosos. RMi 81 advierte que lo prioritario no es el contenido de lo que se da sino el espíritu con que se realiza. Por eso lo decisivo no es el dinero en cuanto tal sino la disposición para compartir con los pobres el propio bienestar. Más aún, debería ser vivido y planteado como expresión y expansión de la comunión que se celebra sacramentalmente en la eucaristía. Finalmente no puede relegarse o disimularse la profunda ambigüedad de la aportación económica: puede actuar como una estrategia para disimular la mala conciencia y puede asimismo ocultar formas más sutiles de colonialismo y dependencia. Por eso una animación misionera adecuada (especialmente si mira al futuro) debe privilegiar la cooperación personal (en el sentido indicado) sobre la económica (que puede enmascarar la dimisión del compromiso personal).

 

LAS NUEVAS FORMAS DE COOPERACIÓN MISIONERA

Las iniciativas misioneras surgidas en el siglo XIX eran significativas en el contexto de su época. Pero precisamente por ello se enmarcaban en los presupuestos teológicos de aquella época. Ahora bien, durante el último siglo se han transformado tanto las circunstancias como los presupuestos teológicos de la misión. Como ha recordado y reconocido el mismo Juan Pablo II en RMi los viejos conceptos y esquemas no están en condiciones de expresar adecuadamente las nuevas situaciones y las nuevas necesidades. Se requiere un repensamiento y un replanteamiento que no oscurezca, sino que potencie, la especificidad de la misión ad gentes.

Todo cambio resulta difícil. La inercia de lo acostumbrado se resiste y tiende a conformarse a lo habitual, aun cuando se asuma la actitud de mejorarlo y ampliarlo. Falta la lucidez o el coraje para afrontar la nueva situación desarrollando todas sus posibilidades. Esta es la perspectiva que hay que adoptar. Precisamente las nuevas circunstancias ofrecen un mayor espacio para la cooperación misionera porque la colocan en el seno del dinamismo de la misión, recibiendo así un nuevo estímulo para la creatividad y para la fantasía. De este modo se superan las insuficiencias (distancia, exterioridad) que mencionábamos anteriormente.

RMi 82 insinúa el aspecto que debe ser desarrollado con mayor fuerza: las nuevas situaciones de la civilización planetaria hacen más fácil e inmediata la inserción directa de la cooperación misionera en la misión universal. Presentaremos brevemente la gama más significativa de caminos e itinerarios, desde la convicción de que el abanico se seguirá ampliando si se deja al Espíritu actuar con libertad.

La movilidad que caracteriza la civilización actual facilita y multiplica los encuentros entre personas de distintos lugares y de distintas creencias religiosas. Ello suscita encuentros personales en los que el testimonio (desde el comportamiento al estilo de vida o los valores que se defienden) puede mostrarse en toda su dimensión evangelizadora. Esta posibilidad presupone la conciencia, por parte del creyente, de estar implicado en una misión que no corresponde de modo exclusivo a los misioneros, sino que la actividad de éstos puede verse acompañada por la de los cristianos que se encuentran por motivos diversos en los mismos lugares y contextos.

El turismo ofrece ocasiones múltiples y variadas. Por un lado permite acercarse a realidades eclesiales distintas, con las que se puede entrar en contacto de modo directo y personal: acudiendo a celebraciones litúrgicas, dirigiendo la palabra a los cristianos que allí se encuentran, accediendo a instituciones cristianas… En muchos países, especialmente cuando no existe el obstáculo de la lengua, estas iniciativas son muy bien acogidas y enriquecedoras para ambas partes. Por otro lado, de este modo, se contrapesa el antitestimonio que turistas occidentales (presuntamente cristianos o de tradición cristiana) ofrecen en virtud de sus prácticas abusivas e inmorales. La integración del turismo en una perspectiva cristiana y evangelizadora no desnaturaliza su auténtica naturaleza sino que lo potencia con una dimensión personal y cultural que debe hacerse presente en la formación cristiana y catequética de los bautizados.

El creciente proceso de globalización y de internacionalización de la economía y de la cultura da nuevas dimensiones a la vida profesional. Si el profesional se siente cristiano entrará en contacto con situaciones en las que ha de testimoniar su fe: países en los que el cristianismo es minoritario o en los que la Iglesia es marginada o perseguida, en los que la dinámica empresarial se deja mover sólo por el interés del beneficio… Nuestra civilización despliega escenarios en los que el anuncio del evangelio se puede realizar por vías normales y cotidianas que en el pasado sin embargo resultaban extraordinarias. Sería paradójico e incoherente que el profesional cristiano aporte su ayuda económica a los misioneros y no se dé cuenta de que él se encuentra en un país en el que su modo de vida puede ser misionero.

Esto mismo se puede decir con más fuerza de quienes se encuentran implicados en asociaciones u organismos internacionales , actualmente tan frecuentes tanto en el campo político como cultural. El compromiso misionero se puede realizar en primer lugar con los compañeros de trabajo, muchos de los cuales pertenecen a otras religiones o concepciones del mundo. Además los criterios del propio trabajo y de los proyectos encomendados pueden ser impregnados de los valores evangélicos. Tanto la política como la cultura contribuyen a modelar las mentes de millones de personas. Es necesario por ello que intelectuales cristianos depositen el germen de la novedad cristiana en la cultura que actualmente se expande de modo automático y que está generando la civilización de la próxima generación.

La perspectiva internacional no puede quedar reducida a especialistas o profesionales de alta cualificación. La sensibilización y participación política ofrece posibilidades sugerentes y prometedoras. De modo especial en los sistemas democráticos los cristianos pueden expresar su cooperación misionera reclamando a los gobiernos posiciones justas en cuestiones de comercio de las que depende el mantenimiento de las poblaciones de países pobres. La propia contribución en una campaña misionera anual debería servir para que todos nos diéramos cuenta de la repercusión de una mentalización acerca de los acuerdos internacionales (aranceles a productos importados, proyectos internacionales de desarrollo, repercusiones del desequilibrio ecológico y del cambio climático…).

Los movimientos sociales son una de las expresiones más fecundas de la vitalidad social, los cuales normalmente alcanzan relieve y conexiones internacionales: defensa de los derechos humanos, salvaguarda de la creación, reivindicación de las mujeres… Este tipo de iniciativas deben ser fomentadas y apoyadas por los cristianos, especialmente cuando están en juego exigencias fundamentales de la revelación cristiana. Mención especial merecen las iniciativas de mediación en situaciones de conflicto bélico o de apoyo inmediato en momentos de catástrofes naturales.

Los movimientos migratorios han dado origen a nuevos escenarios, en los que la dimensión específicamente misionera se manifiesta con nitidez. Es fundamental la acogida, lo cual resulta especialmente claro cuando se trata de cristianos. Juan Crisóstomo afirmó que ningún cristiano puede sentirse extranjero en ninguna eucaristía del mundo. Ello tiene una inmediata traducción en nuestro contexto: el inmigrante debe ser ayudado no sólo remitiéndolo a Caritas sino que debe ser ante todo acogido en el hogar eucarístico, pues es su verdadera casa; como expresión de esa comunión radical debe encontrar apoyo económico y social por parte de la comunidad cristiana. De este modo la raíz de la vida cristiana se eleva como testimonio misionero de alcance internacional porque muestra un ejemplo prototípico de la superación de barreras raciales, políticas o económicas. Esta misma actitud debe ampliarse a los estudiantes o profesionales estables y legales de otros continentes, pues su acogida y atención pastoral pueden constituir un ejemplo de la comunión entre iglesias.

La multiplicación de inmigrantes de otras religiones ha de ser afrontada con espíritu misionero. También aquí la cooperación misionera se traduce en acción misionera propia y específica. La ayuda social y caritativa ha de ser vivida con la actitud humanista que brota de la fe. En tales circunstancias además se puede colaborar con connacionales de los inmigrantes que son cristianos y que se sienten llamados a una colaboración eclesial.

Los jóvenes de modo especial encuentran un campo privilegiado para la cooperación misionera, que puede ser vivida como compromiso misionero. Ellos son los que de un modo más fácil y espontáneo se sienten protagonistas del nuevo tipo de civilización internacional, multicultural, móvil, dinámica e interconectada gracias a las nuevas tecnologías. A ellos deben abrírseles estas posibilidades, en las que están en condiciones de desarrollar una gran creatividad: los contactos por Internet que permiten el intercambio con personas de creencias muy diversas; los viajes de estudio o los períodos de formación en el extranjero; períodos de colaboración en países del Tercer Mundo o en iniciativas misioneras; la dedicación de unos años de su vida profesional como ayuda a los más pobres…

El voluntariado y el amplio mundo de las organizaciones no gubernamentales constituyen una de las características más propias y más hermosas de las sociedades modernas. En gran medida estas iniciativas coinciden con los objetivos de la acción misionera de la Iglesia. Por ello incluso muchas organizaciones eclesiales han adoptado una forma asociativa en esta clave. El mundo del voluntariado ha recibido modelos y estímulos de la cooperación misionera. Por ello se trata de un horizonte en el que se produce el encuentro entre el dinamismo eclesial y el dinamismo social. Ello significa que resulta muy prometedor para la creatividad de la cooperación misionera. Pero por ello mismo ha de contar con dos criterios fundamentales: a) que la búsqueda de la eficacia o de las subvenciones no esconda intenciones espúreas de control o de dependencia; b) que no quede oscurecida la motivación evangélica y cristiana: la dimensión confesional no ha de dañar la acción social sino que más bien ha de estimular una mayor generosidad y honestidad.

 

LA ANIMACIÓN MISIONERA QUE SE NECESITA PARA LOS NUEVOS MODOS DE COOPERACIÓN MISIONERA

Esta gama de posibilidades no son seguramente más que un botón de muestra que puede ser ampliado, matizado, profundizado o reajustado por quienes desde dentro respiran y protagonizan la civilización globalizada y planetaria. De ello es precisamente de lo que se trata: que quienes viven con pasión la solidaridad con el destino del mundo lo hagan con espíritu misionero y que por ello dejen volar su fantasía y creen itinerarios nuevos para el testimonio y para el anuncio. Al modo como veíamos en los ejemplos del siglo XIX deben multiplicarse las iniciativas para que se vayan decantando las más convenientes.

Lo que a nosotros nos interesaba en estas páginas es volver a recordar lo que ya muchos ven: la cooperación misionera debe responder a las condiciones cambiantes de la misión. La misión debe ser vivida, pensada y afrontada desde las coordenadas del siglo XXI. Por ello debe superarse la visión unilateral de iglesias que dan y de iglesias que reciben. Si la evangelización universal ha de ser global y realizada por las iglesias en comunión, resulta evidente que también la cooperación misionera adquiere mayor relevancia e implicación.

Por eso se requiere un esfuerzo amplio y urgente de animación misionera. Muchos de sus responsables y agentes van compartiendo y asumiendo las nuevas perspectivas. Se encuentran con la dificultad de hacer penetrar el nuevo horizonte en amplios sectores de las comunidades eclesiales. Hay, por tanto, que reforzar el empeño, sabiendo lo que está en juego, para no caer en las redes de lo rutinario y acostumbrado. Como hemos podido ver y comprender, las formas tradicionales conservan toda su importancia, pues no se puede renunciar a ellas. Pero deben ser integradas en el horizonte de las nuevas necesidades.

El campo de la animación misionera debe pasar por ello a primer plano de las actividades pastorales. En los círculos más sensibilizados con el compromiso misionero existe una clara disponibilidad para ir desarrollando las posibilidades nuevas de la cooperación misionera. Se debe seguir en el arduo trabajo de hacer ver que la pastoral general de la Iglesia (sobre todo entre los jóvenes) saldrá fortalecida, rejuvenecida y dinamizada si todos los bautizados se descubren corresponsables de la evangelización del mundo entero desde las plataformas en las que las nuevas generaciones nacen, se educan y trabajan.

 

VIVIR LA LIBERTAD EN COMUNIÓN

La misión universal, cuando se contempla desde las nuevas situaciones, permite hablar de creatividad, como concreción de la fantasía que origina ante desafíos nuevos y ante caminos por explorar. Es por ello lógico –y deseable- que se multipliquen las iniciativas y proyectos que las personas o grupos generan libremente. Ya la experiencia actual ofrece muestras, algunas incipientes y otras planificadas, en esta dirección.

El sentido de Iglesia exige no obstante que la libertad no actúe como capricho, como anarquía o como entretenimiento insustancial. Lo que está en juego es demasiado importante para que se frivolice con ello de modo inconsciente. Todas las iniciativas particulares deben ser vividas en comunión e integradas en el tejido real de la Iglesia y de las iglesias. En caso contrario se podrían producir demasiados desajustes y hasta injusticias (porque podrían quedar desasistidas dimensiones o lugares que también son necesarias o se encuentran en necesidad).

En la Iglesia se han ido constituyendo organismos de coordinación que pretenden tanto expresar la comunión como lograr una mejor planificación. En este sentido no podemos olvidar que Propaganda Fide fue creado para defender la iniciativa y la libertad de la Iglesia frente a los intereses de las potencias coloniales. En el siglo XX se establecieron las Obras Misionales Pontificas como reconocimiento de las iniciativas particulares y con la voluntad de darles un valor y alcance universal. También a nivel nacional y diocesano existen consejos y comisiones que aspiran a objetivos semejantes (Consejo Nacional de Misiones y Consejo Diocesano de Misiones). Por parte de la Sagrada Congregación para la Propagación de la Fe se han dictado normas para hacer viables tales organismos desde unos presupuestos teológicos adecuados (“Cooperatio Missionalis”). No es nuestro objetivo detenernos en el análisis de sus estatutos o de su funcionamiento.

Desde nuestro planteamiento resulta necesario señalar dos criterios fundamentales. Por un lado, los miembros de estos organismos deben estar en sintonía con las nuevas necesidades e iniciativas, modulando el sentido de la cooperación misionera y orientando en esta clave la animación misionera. Por otro lado, los responsables de las distintas iniciativas deben valorar sinceramente la comunión eclesial, y por ello deben estar dispuestos a integrarse en una visión de conjunto en orden al equilibrio y armonía de la cooperación misionera.

NB.-Sacerdote diocesano. Profesor de la Facultad de Teología (Burgos) y Director del Instituto de Misionología y Animación Misionera.

       Optimizado para iexplorer 800x600                              © 2005 Instituto Español de Misiones Extranjeras