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EXPERIENCIAS MISIONERAS COMO CONSUMO O COMO PARTE INTEGRANTE DEL PROCESO DE DESARROLLO PERSONAL Jesús Sastre García
El título de este artículo refleja un problema de fondo que se inscribe en un fenómeno reciente, la proliferación de voluntariados y ONGs. Estamos ante algo rico y plural, pero también contradictorio. En el voluntariado social confluyen muchas personas y grupos de procedencias y motivaciones muy variadas, aunque tengan algunos elementos comunes: la percepción de la realidad de injusticia, la compasión ante los que sufren y el deseo de hacer algo por los necesitados. “En uno y otro lugar se alzan voces críticas que plantean la revisión urgente y profunda del voluntariado social. Desde la óptica eclesial constatamos que muchos jóvenes se inician al compromiso cristiano en proyectos sociales y en experiencias misioneras que dependen de alguna institución religiosa” . Los creyentes tenemos que profundizar aún más en esta cuestión; de entrada nos podemos hacer algunas preguntas: ¿cómo la experiencia de fe puede llevar a un mayor compromiso social? y ¿cómo un compromiso social (más aún si es misionero) puede ser una experiencia espiritual? Está claro que la acción solidaria se beneficia de la espiritualidad; mucho más complicado es cómo la misma acción social es, en sí misma, espacio de encuentro con el Dios de la Vida. El que esto sea así no es algo espontáneo, fácil, o evidente, pues depende, en buena parte, de las motivaciones que impulsan a cada persona en el compromiso que asume. Las experiencias misioneras tienen una serie de peculiaridades que, al tiempo que expresan su riqueza, la protegen de determinados peligros que acechan al voluntariado en general; con todo, no está exenta, como dice el título de este artículo, de ambigüedades, reduccionismos y desenfoques. ¿Se trata de una experiencia más de consumo o forma parte del proceso de maduración personal? Esta es la cuestión central que hay que resolver adecuadamente en los proyectos de pastoral juvenil y en las acciones pastorales que proponen los misioneros. 1.- ¿POR QUÉ PASA LO QUE PASA? Estamos ante una tipología de voluntarios y de organizaciones excesivamente variada y, a veces, contradictoria. Los estudiosos del tema lo sintetizan con estas valoraciones: “La acción voluntaria tiene un carácter condicionado por una antropología atomista que tiende a pensar la solidaridad en términos psicológicos y que, por consiguiente, igual genera un voluntariado “estilo Rambo” que un voluntariado Mary Poppins” (A. Domingo Moratalla). L. A. Aranguren, en la misma línea, habla de los siguientes tipos de voluntarios: “misterioso”, “haz la tarea y corre”, “terapéutico”, “tú dirás”, “máquina total”, “polizón”, “topopoligámico”, “tapón” y “transformador” . ¿Cuál es la causa que da origen a este panorama poco tranquilizador? La causa está en algo muy significativo: “Con frecuencia, el voluntariado ha tenido los ojos pegados al suelo por las vitales necesidades cotidianas, quedando así huérfano de paradigmas, de marcos de referencia y de esquemas interpretativos… Con razón Claus Offe ha reclamado para los movimientos sociales una especie de movilización cognitiva” . El contexto sociocultural en el que estamos incide en el perfil de los voluntarios y en la configuración del compromiso social y, en consecuencia, también en la presencia misionera. No podemos olvidar que estamos en una cultura llamada de postmodernidad, caracterizada por el “pensamiento débil”, la pérdida de “memoria histórica”, la “inmediatez de lo inmediato”, el “yo roto y fragmentado”, etc. Al hombre postmoderno le cuesta la fundamentación de lo que es y hace, la búsqueda de la verdad de las cosas y vive ligado a la “ética indolora” (G. Lipovetsky). El resultado final es el predominio de la razón instrumental, la ontología vinculada al ejercicio de la libertad individual y el predominio del “altruismo indoloro”. Esto nos permite comprender que la respuesta solidaria actual depende, en no pocos casos, más del impacto emotivo (aspecto subjetivo) que de imperativo ético (aspecto objetivo). El profesor James Petras en su informe “El postmarxismo rampante” critica a los intelectuales convertidos en “monaguillos del poder” y a las ONG, que se han plegado a los dictámenes del pensamiento neoliberal; concluye pidiendo un “debate ideológico y cultural” para que las cosas puedan mejorar. A esta situación no son ajenas las iglesias cristianas que, en las últimas décadas, han estado más centradas en sí mismas y más preocupadas por temas de ética personal que por cuestiones de ética social. La postmodernidad también ha dejado su influencia en la manera de creer y de comprometerse desde la fe. “Los resultados de recientes investigaciones sobre los valores nómicos y religiosos de los jóvenes españoles dan los siguientes datos: progresivo descenso de la práctica religiosa, marginación de las mediaciones eclesiales, y predominio de la subjetividad en la experiencia religiosa. Este cambio en la manera de vivir lo religioso tiene que ver con la fragmentación de la fe; se ha perdido la unidad entre creencias, comportamientos y prácticas religiosas, así como la unidad dentro de cada uno de los tres componentes de la actitud religiosa. De este modo aparece el creyente light y fragmentado; el monoteísmo comprometedor ha sido reemplazado por una serie de compromisos solidarios desde la motivación afectiva. La presencia de creyentes en grupos ecologistas, feministas, pacifistas y de voluntariado social ha terminado por sustituir, en no pocos casos, la fe religiosa. Las organizaciones católicas tienen un doble reto: cómo vivir significativamente para el hombre de hoy la experiencia de Dios, y cómo responder eficazmente a los problemas sociales” . 2.- UNIDAD ENTRE SER, ESTAR Y HACER. “El encuentro con el mundo del pobre puede dar vida y puede destruir. Nos traslada a una tierra donde se sufren los golpes más rudos de la opresión y la injusticia, pero al mismo tiempo se encuentran las fuerzas más sorprendentes de la vida. El acercamiento al pobre puede sentenciar la calidad de una persona, de una institución” (B. González Buelta). Para que esta contradicción interna no suceda, la acción social debe afectar a la persona entera, es decir, tiene que estar en relación con el ser y el modo de estar, no sólo con el hacer. De esta unidad depende el significado y el alcance del compromiso con el necesitado; esto cobra especial significatividad en la experiencia misionera. Una y otra deben vivirse como un “don” que se nos ha dado y no como un protagonismo personal que nos satisface porque nos hace un poco héroes y oculta otros intereses menos confesables. “El descubrimiento y la vivencia de la vocación a la acción social como un don es, por supuesto, tarea de toda la vida, y tiene que ver también con la madurez personal y espiritual. Es normal que al principio los sentimientos no confesados ni explicitados de heroísmo, de comparación con otros, de gustarnos a nosotros mismos, etc., estén más presentes, y, de modo especial, si entramos jóvenes en el mundo de la acción social o si lo hacemos desde contextos en que este compromiso es llamativo o excepcional. Con el tiempo vamos madurando y entrando más en la lógica del don que en la del heroísmo personal” . Con el término “mística” aplicado a la acción social o misionera expresamos “una experiencia religiosa particular de unión-comunión-presencia, y no una reflexión, una conceptualización, una racionalización del dato religioso vivido” (G. Maioli). Aquí está la clave fundamental: entender e insertar las experiencias misioneras en el proyecto salvador de Dios, en la construcción del Reino proclamado por Jesús de Nazaret, en el que todos, empezando por los últimos, nos sentimos hijos y hermanos. Esta es la “humanidad nueva” que se alumbra a través de la “civilización del amor” o la “cultura de la solidaridad”. Un testigo excepcional, recientemente fallecido, el Abbé Pierre lo expresó con las siguientes palabras: “Lo esencial de mi vida de fe, pese a las atrocidades que hieren, se apoya en tres certezas: el primer fundamento de mi fe es la certeza de que el Eterno es amor; el segundo es la certeza de ser amado; y el tercero es la certeza de que la libertad humana no tiene otra razón de ser que la de hacernos capaces de responder con nuestro amor al Amor” . Vivir con mística es descubrir, desde la presencia, la unidad de todo lo existente, sin cercenar ninguna dimensión. El compromiso cristiano consiste en hacer todo lo posible para cambiar lo que impide la intercomunión solidaria. La liberación cristiana abarca a toda la persona y a todas las personas; es decir, incluye lo material, lo humano y lo espiritual, no sólo como algo individual, sino como proyecto histórico. Esto sólo será posible si los evangelizadores viven unitariamente el ser y el hacer. “El lenguaje sobre Dios se hace inteligible sólo cuando conduce a la comunión y a la participación. Estas dos realidades son don y propuesta al tiempo. En cuanto don se aceptan o se rechazan. Como propuesta, exigen la colaboración de todos y el uso de los medios necesarios para transformar las estructuras que impiden la auténtica comunión y participación” . Un ejemplo de lo que estamos diciendo está en los Santos Padres de la Iglesia, cuyas aportaciones siguen teniendo fuerza y utilidad. Los escritos patrísticos sobre cuestiones sociales utilizan un lenguaje directo y expresivo. El contenido gira alrededor de la siguiente afirmación: “el destino universal de los bienes en el proyecto de Dios” pues cada es hombre es “imagen y semejanza de Dios”. Veamos algunos textos a modo de ejemplo: “Poned medida a las necesidades de vuestra vida. No sea todo vuestro; haya también una parte para los pobres y amigos de Dios. La verdad es que todo es de Dios, padre universal. Y nosotros, como de un solo linaje, somos hermanos. Ahora bien, los hermanos, en el caso mejor y más justo, han de entrar por partes iguales en la herencia” (A. Gregorio Niseno). “Pide lo que te dio, de ello quita lo que sea necesario; los demás bienes que son superfluos para ti, a otros son necesarios. Los bienes superfluos de los ricos son necesarios a los pobres. Posees lo ajeno cuando posees lo superfluo” (S. Agustín). “La hermosura de las riquezas no consiste en estar guardadas en las arcas de los ricos, sino en emplearlas en alimentar a los pobres. Donde más brillan es en los enfermos y necesitados” (S. Ambrosio). Esto debe aplicarse incluso con el esclavo; “¿cómo no escandalizarnos cuando se ve que un amo cristiano no muestra compasión del esclavo cristiano, no considerando que éste, aunque esclavo por su estado social, por la gracia es, sin embargo, hermano? En efecto, del mismo modo que está revestido de Cristo, participa en los mismos sacramentos y tiene con Dios Padre la misma familiaridad. ¿Por qué no lo tratas como hermano? (A. Máximo de Turín). La consecuencia inmediata de lo anterior es el rechazo de la esclavitud: “¿qué precio se puede pagar por la imagen de Dios y qué derecho se puede tener de ejercitar la soberanía sobre la creación que Dios nos ha concedido, esclavizando al hermano, si Dios mismo quiere tener al hombre como hijo? ¿cuánto pagará por aquél, que como yo, tiene igual derecho al dominio y soberanía sobre todos los bienes de la tierra?” (S. Gregorio Niseno). La compasión y ayuda al necesitado es un “deber de justicia”, aunque no esté regulado legalmente; en consecuencia, quien puede aliviar una necesidad y no lo hace “con razón puede ser condenado como homicida” (S. Basilio). El creyente reconoce a Jesucristo en la Eucaristía y en el hermano necesitado: “¿Honráis el Cuerpo de Cristo? De acuerdo, no toleráis que esté desnudo después de haberle honrado con vestidos de seda. No permitáis que fuera de los muros de la Iglesia muera de frío por su desnudez... Quien ha dicho “esto es mi Cuerpo”, ha dicho también “tuve hambre y me distéis de comer; lo que no habéis hecho con uno de estos pequeñuelos, tampoco lo habéis hecho conmigo.” El cuerpo de Cristo que está sobre el altar no tiene necesidad de manteles, sino de “almas limpias” y el que está fuera de los muros de la Iglesia tiene necesidad de muchos cuidados. El culto más agradable que podemos ofrecer a Aquel que queremos venerar es aquel que Él quiere, no el que pensamos nosotros”. (S. Juan Crisóstomo). 3.- ¿CÓMO ASEGURAR LA AUTENTICIDAD DE LAS EXPERIENCIAS MISIONERAS? Muchas personas tienen la percepción de que la realidad es compleja y que su transformación se escapa a lo que el conjunto de ciudadanos puedan hacer con toda la mejor voluntad; como mucho, lo que se puede hacer es paliar algunas consecuencias de los múltiples problemas humanos. ¿Cómo llegar a analizar la realidad de manera “empeñativo-transformadora”? La respuesta positiva a esta cuestión pasa por la iniciación a la lectura crítico-creyente de la realidad. Muchos tenemos la impresión de que esta herramienta para una adecuada aproximación a la realidad es olvidada en muchos procesos de fe; en consecuencia, se proliferan experiencias que no tocan de lleno a la persona que las vive. Según sea la lectura de la realidad, así es la conciencia que se tiene de la misma. Tenemos creyentes con lecturas ingenuas, conformistas, pasotas y moralizadoras; estos necesitan un encuentro de “choque” con la realidad de dolor e injusticia, así como un método para hacerse cargo de esa misma realidad. ¿Cómo superar el pecado de omisión y aprender a ponerse en lugar de otro? “La lectura creyente se da cuando la persona de Jesús, su mensaje y su proyecto nos sirven de referencia para iluminar los problemas y las metas que queremos alcanzar. Entre una y otra cosa estás las acciones comprometidas, pues los cambios necesitan tiempo y paciencia. El Reino de Dios como forma de entender y organizar la vida humana se orienta hacia su consumación escatológica: la plenitud final es tarea del hombre y, sobre todo, don de Dios; también es juicio histórico de las realizaciones que vayamos haciendo” . 3.1 La fundamentación teológica del compromiso misionero. El camino del Verbo en la Encarnación y en la Pascua (cfr Flp 2, 6-11) es la referencia para el cristiano. Al Padre y a Jesús de Nazaret se les conmueven las entrañas ante la multitud de excluidos que andan como “ovejas sin pastor”. Las actitudes de Jesús se expresan, en el texto de filipenses, con términos muy significativos: no se aferró a su condición, se hizo hombre (bajó), se despojó (vació) y dio la vida por todos. El camino de Jesús es el camino de la identificación con los pobres y excluidos (Mt 25, 31-46) y se hace el servidor de todos (Lc 4, 18-19). Las primeras comunidades cristianas, tal como reflejan los sumarios de los Hechos de los Apóstoles (cap 2 y 4) tratan de vivir las actitudes de Cristo Jesús: comparten la fe, la vida, los bienes y la misión. Tratan de vivir “como si” los bienes de este mundo no existieran y examinan el contexto en el que celebran la Eucaristía (1Cor 11, 20 ss), pues no se pueden acercar a la mesa del Señor si unos pasan hambre y otros derrochan los bienes. Además, tienen un gran dinamismo misionero que las lleva a evangelizar en uno y otro lugar y a establecer comunidades. 3.2 Los contenidos de la Doctrina Social de la Iglesia. “La dimensión teológica se hace necesaria para interpretar y resolver los actuales problemas de la convivencia humana” (CA 55). Por lo mismo, las aportaciones de la DSI están entre la ética cristiana y los proyectos concretos de acción social; su finalidad es recordarnos los principios, facilitar juicios de valor y dar orientaciones prácticas que cada comunidad tendrá que aplicar previo discernimiento. La DSI sitúa el compromiso de los cristianos de la siguiente manera: La vida trinitaria como el fundamento y la referencia de la intercomunión solidaria. “El misterio trinitario, tal como lo reconocemos por la revelación significa un indicador para la vida social y un arquetipo de la misma. La sociedad encierra un “vestigium trinitatis”, ya que la Trinidad es la “sociedad divina” . El proyecto de Dios es que todas y cada una de las personas se puedan realizar en verdad y plenitud. El pecado ha alterado esta realidad en el aspecto personal y en el social; la resultante final son las “estructuras diabólicas de pecado”, como dice Juan Pablo II en SRS, y que tenemos que cambiar radicalmente. La comunidad eclesial está al servicio del proyecto salvador. La Iglesia en su ser y en su acción es “como un sacramento o señal e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano” (GS 1). La que aporta la fe cristiana a las experiencias misioneras. La presencia y acción misionera se sitúan en el horizonte de la unidad del género humano en el proyecto de Dios, el “destino universal de los bienes” como fundamento del orden sociopolítico, la búsqueda de un nuevo orden internacional que asegure la igualdad de oportunidades para todos, y la comunidad cristiana como “escuela práctica de comunión”. El Papa Juan Pablo II en la encíclica Ecclesia in Europa pide al voluntariado social lo siguiente: “elevar los sentimientos de simple filantropía a la altura de la caridad de Cristo, a reconquistar cada día, entre fatigas y cansancios, la conciencia de la dignidad del hombre, a salir al encuentro de las necesidades de las personas iniciando – si es preciso – nuevos caminos donde más urgentes son las necesidades y más escasos las atenciones y el apoyo” (EV 90) (EE 85). Una aplicación práctica de esta doctrina es el reconocimiento “a todo migrante de los derechos fundamentales” para que “Europa sepa ser casa común y puedan vivir como miembros de una gran familia” (EE 102).
4º CÓMO INICIAR A LA EXPERIENCIA MISIONERA. Esta cuestión nos lleva a algo básico y previo: cómo hacer la iniciación al compromiso en los procesos de maduración de la fe con jóvenes y adultos. Para que una experiencia misionera se integre en el proceso de desarrollo personal es necesario, normalmente, que la persona que la vive esté haciendo un itinerario de maduración de la fe. ¿A qué nos referimos con la expresión “itinerario educativo”? “Por itinerario entendemos un camino personal y grupal correspondiente a las dimensiones de la persona y de la acción voluntaria; a través de estos caminos madura la persona y se consolida su llamada al compromiso social” . Este itinerario lo podemos desglosar en una serie de pasos intermedios: Acercar a los jóvenes a las realidades de pobreza, injusticia, sufrimiento y marginación . Es necesario que caigan en la cuenta que la mayor parte de la humanidad padece estas situaciones por el sitio donde ha nacido y por las estructuras de opresión que padece. La aproximación rigurosa e interpelante a la realidad no es posible sin un método adecuado: la lectura crítico-creyente de la realidad. Quizás haya que empezar por enseñar en qué consiste leer de manera crítica y creyente lo que nos rodea. Ayudar a los jóvenes a descubrir las causas que originan la exclusión social. Cuando se pasa de una lectura superficial a un análisis en profundidad se llega a las causas últimas y a la percepción de la implicación que personalmente se tiene en estas situaciones por acción u omisión. La indignación ante las situaciones de explotación y marginación es el paso previo para la acción comprometida. Hoy vuelve a ser importante que nos preguntemos cuáles son los signos de los tiempos. “Signo” es todo lo que por su significación en una época concreta nos ayuda a descubrir las necesidades y aspiraciones de la humanidad. Compartir de alguna manera la vida de los pobres. Sólo de esta manera se puede comprender existencialmente aquello que se quiere transformar por la acción solidaria. Hacerse cargo de la situación del otro necesitado pasa por ponerse, de alguna manera, en su lugar y ver la diferencia entre disfrutar, como la cosa más normal, de unos derechos o verse privado de los mismos. Descubrir la virtud de la solidaridad. La encíclica “Sollicitudo rei socialis” presenta la solidaridad como una virtud estructurante de lo humano; este enfoque es mucho más que entender la solidaridad como proyección voluntaria y generosa del que tiene lo necesario y ayuda a otros. El ejercicio de esta virtud no surge espontáneamente, pues necesita práctica y aprendizaje. En las sociedades “anestesiadas” en que vivimos se dan “francotiradores” que procuran remediar algunos males, pero escasean planteamientos globales para remediar los graves problemas sociales que padecemos. La participación estable en algún proyecto social. La permanencia en proyectos de medio o largo alcance ayuda a que los voluntarios superen la “ética indolora”, y a comprobar la necesidad de equipos, proyectos, tiempo y medios para que la realidad cambie algo. El objetivo último es que los destinatarios de la acción (excluidos) sean los protagonistas de su propio proceso. La práctica del “discernimiento cristiano”- La determinación de los compromisos personales y sociales debe hacerse con discernimiento. El modelo para aprender a discernir es la persona de Jesús de Nazaret que buscó siempre y ante todo hacer la voluntad del Padre, eligió los medios más significativos, no los más eficaces, y se solidarizó con los pequeños, pobres, enfermos y pecadores. El discernimiento se refiere especialmente a lo que cada persona va a hacer con su vida en respuesta a la llamada de Dios y a las necesidades de los hermanos; cuando esto se tiene claro, es muy fácil colocar el resto de los compromisos. Si no se procede así, los compromisos pueden llegar a dificultar la configuración vocacional de la existencia. La pertenencia a algún grupo o comunidad cristiana. Cada comunidad cristiana está llamada a ser comunidad de “memoria, vida y misión”. Estas comunidades tratan de narrar con su existencia la historia de Jesús de Nazaret, procuran estar atentas al impulso del Espíritu para ser parábola de la comunión trinitaria y eclesial en el compromiso con los más desfavorecidos. “El testimonio de una pequeña comunidad en un barrio y en una parroquia es mucho más significativo que la suma de los compromisos individuales de sus miembros, por grandes que aquellos puedan ser. Además, la referencia de estas comunidades para otros grupos de jóvenes en proceso catecumenal puede ser muy orientadora, ya que apunta a las metas de la iniciación de la fe: la conversión, la comunidad y el compromiso con el Reino” . La formación específica. Nos referimos a la participación en alguna escuela de Formación Socio-política. En estas se suelen impartir dos cursos: el primero es de fundamentación del compromiso socio-político del cristiano, y el segundo aborda las principales cuestiones donde se juega el compromiso social concreto. El enfoque se hace desde la DSI y pretende alentar la presencia comprometida de los cristianos en los ámbitos donde se toman las decisiones en la vida pública. El otro aspecto de la formación se realizaría en la escuela de Misionología. Aquí se aborda la fundamentación de la misión Ad Gentes, la inculturación y la evangelización integral. En todos estos contenidos la presencia y experiencia de misioneros experimentados es lo más valioso e importante, tanto para captar los contenidos como el talante de la presencia y acción en misiones. Participación en alguna experiencia misionera. Los pasos anteriores preparan para poder asimilar toda la riqueza de la experiencia misionera. En ella confluyen tres aspectos importantes: la acción evangelizadora básica y completa, la participación en la vida de una comunidad religiosa o presbiteral y el compromiso con los más necesitados. El equilibrio entre estos tres aspectos, así como la relación entre los mismos es lo que puede aportar más a la maduración personal y al discernimiento vocacional del que se acerca a este tipo de experiencias. Cuando alguien vive una experiencia fundamental tiene la impresión de que más que vivir esa experiencia ha sido vivido por ella, se siente afectado en la totalidad de la persona, y lo experimentado influye en lo cotidiano ayudando a reorganizar la propia vida desde otro centro. En definitiva, más que aportar algo a los otros necesitados, es uno mismo el que verdaderamente se ha enriquecido. El que ha participado en una experiencia misionera entiende la vida como “don recibido para ser entregado”. La solidaridad y el anuncio del Evangelio exige corazones seducidos por el amor de Dios y tocados por la causa de los pobres. “Otro mundo es posible”, el mundo que Dios pensó en la creación, por el que Jesús dio la vida y que el Espíritu Santo alienta de muchas formas y a través de pequeñas realizaciones.
Vallisoletano. Sacerdote de la diócesis de Madrid. Doctor en Teología por la Universidad Pontificia de Salamanca. Licenciado en Filología Románica. Profesor en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas y Catequéticas “San Pío X”, en la Universidad Pontificia de Comillas y en el Instituto Superior de Pastoral de Madrid. Especialista en el acompañamiento espiritual y en el discernimiento vocacional. Ha alternado la reflexión con la práctica pastoral en ámbitos docentes y parroquiales tanto en España como en Latinoamérica. Tiene publicados varios libros.
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