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La Misión como narración de la historia de Jesús en Asia
Desde esta perspectiva, se puede considerar la misión de Jesucristo y la del Espíritu Santo como la propia historia de Dios. Dios es el “narrador del relato”. (12) El Espíritu Santo narrará la historia de Jesús a la Iglesia. Jesús prometió, “el Abogado, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, os enseñará todo y os traerá a la memoria todo lo que os he dicho” (Jn 14:26). Las tres personas de la Trinidad incluso son descritas por Jesús como “contándose historias” entre sí. “Cuando el Espíritu de Verdad venga, él os guiará hacia la verdad completa; ya que no hablará de sí mismo, sino que hablará lo que oiga…Él me glorificará, puesto que tomará lo que es mío y os lo dará a conocer. Todo cuanto tiene el Padre es mío; luego, yo dije que él tomará lo que es mío y os lo dará a conocer” (Jn 16:13-15). La misión de la Iglesia es fruto de la Historia que el Espíritu Santo le expone desde Jesús y desde el Padre. El origen de la misión de la Iglesia es el Gran Narrador, el Espíritu Santo, a quien debe escuchar para que así pueda compartir lo que ha oído. La Iglesia es la Narradora divina de Jesucristo, ya que escucha al Espíritu Santo. No obviamos decir que la Iglesia debería contar la historia de Jesús. La gran cuestión para Asia es cómo compartir dicha historia, como señala puntualmente el Papa Juan Pablo II (EAs 19). El aspecto del “cómo” con respecto a la misión ha preocupado a muchos teólogos asiáticos, entre ellos, a Michael Amaladoss, S.J.(13). Sirviéndonos de algunas de las reflexiones que hemos hecho acerca del sentido de las historias, contemplemos la misión como la narración de la historia de Jesús bajo la guía del Espíritu Santo.
La historia de Jesús manifiesta la identidad de la Iglesia entre los pobres, las culturas y las religiones de Asia. Del mismo modo que una historia revela la identidad de la persona, la historia de la fe en Jesús desvela también la identidad del narrador en calidad de creyente. Un testigo que narra la historia de su encuentro con Jesús no puede y no debería ocultar su identidad como discípulo del Salvador; pero, de la misma manera que un tejido formado por las relaciones que se establecen con la gente, la cultura y las corrientes sociales constituye una historia o una identidad de carácter personal, así debe de llevarse a cabo la narración cristiana de historias, en relación con los otros. La identidad y las historias cristianas en Asia no están apartadas de aquéllos que pertenecen a otras culturas y religiones sino que siempre está con ellos. La historia de Jesús tiene que ser narrada por los cristianos asiáticos que están con y entre los pobres, las diversas culturas y múltiples religiones de Asia que determinan en parte su identidad y sus historias como asiáticos. Esta realidad del continente asiático ha inducido a Jonathan Yun-Ka Tan a proponer que la misión ad (hacia) gentes debería entenderse ahora según el nuevo paradigma de missio inter (entre o con) gentes. (15) Sin embargo, yo sostengo que la missio ad gentes no debería eliminarse sino que debería realizarse inter gentes. No puede haber nunca una auténtica misión hacia la gente sin que ésta sea al mismo tiempo una misión con la gente, y la verdadera misión que está en contacto con la gente fomenta la misión que está orientada hacia esa gente. Con y entre los pobres, las culturas y las religiones, los cristianos asiáticos son asiáticos. Hacia y para los pobres, las culturas y las religiones, los cristianos asiáticos son cristianos. La combinación de estas historias, en mi opinión, puede enriquecer las numerosas reflexiones del FABC sobre la misión a modo de diálogo con los pobres, las culturas y las religiones de Asia. (16)
La Historia de Jesús da sentido a los símbolos de fe de la Iglesia. Decíamos que las historias esconden el sentido de la espiritualidad, la ética y las convicciones que abraza una persona. Puede suceder que la Iglesia esté tan identificada con algunos “estandarizados” o estereotipados símbolos de la doctrina, de la ética y del culto que se olvide la historia que les da cierto ímpetu. Entonces, los mismos símbolos pierden su poder para llegar a la gente. Los símbolos de la fe deben arraigarse de nuevo en la historia primigenia de Jesús. Sirva a modo de ejemplo lo siguiente: la partición del pan en la Eucaristía se debería ver en muchas historias de donación, servicio y comunión, sin los cuales el ritual carece de relevancia alguna. El anillo de un obispo debería surgir de una historia viva de servicio a la comunidad, sin la que el anillo queda reducido a una simple joya. El simbolismo de un sacerdote como presencia de Jesús debería nacer de una expresiva historia de disponibilidad hacia las personas, sin la cual el sacerdocio se convierte más en un status que en una vocación. Los símbolos de la fe deben poder atribuirse a la historia primitiva de Jesús. Un retorno a la historia de Jesús posibilitaría también que la Iglesia corrigiera las impresiones de extranjerismo que conllevan su doctrina, sus rituales y sus símbolos (EAs 20). Distanciándose de la historia originaria de Jesús, sería probable que los símbolos de la Iglesia hablaran de una historia ajena al propio Jesús.
Una Iglesia que escucha cuenta la Historia de Jesús. Las historias encuentran su consumación en quien las escucha, pero las historias que se imponen, no se escuchan. La Iglesia en Asia debe confiar en la vitalidad de la historia que brinda, sin pensar ni siquiera en imponérsela a otros. El Papa Juan Pablo II nos cuenta en Ecclesia in Asia que compartamos el don de Jesús de no hacer proselitismo sino como signo de obediencia al Señor y como un acto de servicio para con las gentes de Asia (EAs 20). Dejemos que la historia hable y llegue a la gente. Permitamos que el Espíritu Santo abra los corazones y los recuerdos de quienes escuchan y los invite a transformarse. Las multitudes de pobres en Asia pueden encontrar compasión y esperanza en la historia de Jesús. Las culturas de Asia resonarán con el inquietante desafío de la verdadera libertad que se halla en la historia de Jesús. Las diversas religiones de Asia se maravillarán ante el respeto y aprecio hacia aquéllos que buscan a Dios y la auténtica santidad en la historia de Jesús. La Iglesia en Asia es llamada a que permita modestamente que el Espíritu acaricie a quienes la escuchan. Como narradora del Espíritu Santo, la Iglesia tiene que adentrarse en el mundo y en el lenguaje de los que la escuchan y, desde su interior, relatarles la historia de Jesús justamente como en Pentecostés. (18) Pero eso significa que la Iglesia en Asia debe escuchar atentamente al Espíritu y a los pobres, a las culturas y a las religiones si es que quiere hablar de manera reveladora. Una Iglesia que narra historias debe ser una Iglesia que escucha. (19)
La Iglesia es la voz de las historias que se silencian. Es un escándalo que la supresión de historias ocurra diariamente en muchas partes de Asia. Los pobres, las niñas, las mujeres, los refugiados, los inmigrantes, las minorías, los indígenas, las víctimas de diferentes tipos de violencia doméstica, política o étnica y el medio ambiente no son sino unos pocos de aquéllos cuyas historias son suprimidas. Muchos tienen miedo de las historias que relatarán o ¿tienen miedo de oír la verdad y lo que les demanda? La Iglesia relata la historia de Jesús, a cuyas palabras se hacía, a menudo, oídos sordos, y quien fue ejecutado con el fin de impedir que contara Su historia. De esta manera, en Asia, la Iglesia le rinde tributo erigiéndose en la narradora de los que no tienen voz para que la voz de Jesús pueda oírse en sus historias silenciadas.
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