La Misión como narración de la historia de Jesús en Asia

 

Al comienzo, afirmamos con Ad Gentes del Vaticano II que la Iglesia peregrina es misionera por naturaleza porque tiene su origen en la misión de Jesucristo y en la del Espíritu Santo de acuerdo con la voluntad redentora del Padre (AG 2). Para que lo que Jesús ha conseguido con el fin de salvar a toda la humanidad pueda llegar a tiempo y surtir efecto en todos, envió al Espíritu Santo procedente del Padre para llevar a cabo su misión redentora internamente y dentro de la propia Iglesia (AG 3-4). De este modo, resulta adecuado denominar al Espíritu Santo como el principal agente de la Misión, como lo dice el Papa Juan Pablo II (Cf. RM, capítulo III). Es el Espíritu Santo el que posibilita que la Iglesia cumpla con la misión que se le ha confiado (EAs 43).

Desde esta perspectiva, se puede considerar la misión de Jesucristo y la del Espíritu Santo como la propia historia de Dios. Dios es el “narrador del relato”. (12) El Espíritu Santo narrará la historia de Jesús a la Iglesia. Jesús prometió, “el Abogado, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, os enseñará todo y os traerá a la memoria todo lo que os he dicho” (Jn 14:26). Las tres personas de la Trinidad incluso son descritas por Jesús como “contándose historias” entre sí. “Cuando el Espíritu de Verdad venga, él os guiará hacia la verdad completa; ya que no hablará de sí mismo, sino que hablará lo que oiga…Él me glorificará, puesto que tomará lo que es mío y os lo dará a conocer. Todo cuanto tiene el Padre es mío; luego, yo dije que él tomará lo que es mío y os lo dará a conocer” (Jn 16:13-15). La misión de la Iglesia es fruto de la Historia que el Espíritu Santo le expone desde Jesús y desde el Padre. El origen de la misión de la Iglesia es el Gran Narrador, el Espíritu Santo, a quien debe escuchar para que así pueda compartir lo que ha oído. La Iglesia es la Narradora divina de Jesucristo, ya que escucha al Espíritu Santo.

No obviamos decir que la Iglesia debería contar la historia de Jesús. La gran cuestión para Asia es cómo compartir dicha historia, como señala puntualmente el Papa Juan Pablo II (EAs 19). El aspecto del “cómo” con respecto a la misión ha preocupado a muchos teólogos asiáticos, entre ellos, a Michael Amaladoss, S.J.(13). Sirviéndonos de algunas de las reflexiones que hemos hecho acerca del sentido de las historias, contemplemos la misión como la narración de la historia de Jesús bajo la guía del Espíritu Santo.

La Iglesia cuenta la historia de Jesús desde la experiencia que tiene de Jesús. Relatar la historia de Jesús en Asia es más efectivo si brota de la experiencia del narrador. La observación del Papa Pablo VI en Evangelii Nuntiandi (14) sobre que actualmente la gente depositaba mayor confianza en los testigos que en los maestros es completamente verdad, pero más aún en Asia, donde las culturas hacen especial hincapié en la veracidad del testigo corroborada con su propia experiencia. Los primeros apóstoles, que eran asiáticos, comentaban su experiencia- lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que han contemplado y palpado nuestras manos tocando al Verbo de Vida (I Jn 1:1-4). No puede existir ninguna otra vía para la Iglesia contemporánea en Asia. Sin una profunda experiencia de Jesús como Salvador, ¿Cómo puedo relatar su historia de manera convincente como parte de mi historia personal? La experiencia de San Pablo constituye verdaderamente el fundamento de la misión cuando dice, “No soy yo quien vive sino Cristo quien vive en mí; y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo por la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí” (Gal 2:20). El hecho de narrar la historia de Jesús en Asia requiere el encuentro activo de la Iglesia con Jesús en la oración, en el culto, en la interacción con la gente, especialmente los pobres, y en los acontecimientos que constituyen los “signos de los tiempos."

La historia de Jesús manifiesta la identidad de la Iglesia entre los pobres, las culturas y las religiones de Asia. Del mismo modo que una historia revela la identidad de la persona, la historia de la fe en Jesús desvela también la identidad del narrador en calidad de creyente. Un testigo que narra la historia de su encuentro con Jesús no puede y no debería ocultar su identidad como discípulo del Salvador; pero, de la misma manera que un tejido formado por las relaciones que se establecen con la gente, la cultura y las corrientes sociales constituye una historia o una identidad de carácter personal, así debe de llevarse a cabo la narración cristiana de historias, en relación con los otros. La identidad y las historias cristianas en Asia no están apartadas de aquéllos que pertenecen a otras culturas y religiones sino que siempre está con ellos. La historia de Jesús tiene que ser narrada por los cristianos asiáticos que están con y entre los pobres, las diversas culturas y múltiples religiones de Asia que determinan en parte su identidad y sus historias como asiáticos. Esta realidad del continente asiático ha inducido a Jonathan Yun-Ka Tan a proponer que la misión ad (hacia) gentes debería entenderse ahora según el nuevo paradigma de missio inter (entre o con) gentes. (15) Sin embargo, yo sostengo que la missio ad gentes no debería eliminarse sino que debería realizarse inter gentes. No puede haber nunca una auténtica misión hacia la gente sin que ésta sea al mismo tiempo una misión con la gente, y la verdadera misión que está en contacto con la gente fomenta la misión que está orientada hacia esa gente. Con y entre los pobres, las culturas y las religiones, los cristianos asiáticos son asiáticos. Hacia y para los pobres, las culturas y las religiones, los cristianos asiáticos son cristianos. La combinación de estas historias, en mi opinión, puede enriquecer las numerosas reflexiones del FABC sobre la misión a modo de diálogo con los pobres, las culturas y las religiones de Asia. (16)

La Iglesia mantiene dinámicamente viva la memoria de Jesús. Entre y para otros asiáticos, la Iglesia cuenta la historia de Jesús de un modo que mantiene viva Su memoria. Preservar dicha memoria no significa guardarla bajo llave en algún ámbito de existencia intangible. Se preserva cuando la hacemos de nuevo nuestra y cuando la compartimos. Confiando en el Espíritu Santo y fiel a la memoria afianzada en la Tradición de la Iglesia universal, la Iglesia en Asia debería tener el valor de redescubrir nuevas formas de relatar la historia de Jesús, recuperando su vitalidad y rescatando sus potenciales para la renovación de las realidades asiáticas. La historia de Jesús, cuando se atesora como una pieza de museo, no es vivificadora. En Ecclesia in Asia (EAs 19-20,22), el Papa Juan Pablo II plantea el desafío de encontrar la pedagogía que hiciera que la historia de Jesús se acercase más a la sensibilidad asiática, especialmente a los teólogos. Tiene plena confianza de que se podría contar la misma historia enfocándola desde diferentes ángulos y a la luz de las nuevas circunstancias.

La Historia de Jesús da sentido a los símbolos de fe de la Iglesia. Decíamos que las historias esconden el sentido de la espiritualidad, la ética y las convicciones que abraza una persona. Puede suceder que la Iglesia esté tan identificada con algunos “estandarizados” o estereotipados símbolos de la doctrina, de la ética y del culto que se olvide la historia que les da cierto ímpetu. Entonces, los mismos símbolos pierden su poder para llegar a la gente. Los símbolos de la fe deben arraigarse de nuevo en la historia primigenia de Jesús. Sirva a modo de ejemplo lo siguiente: la partición del pan en la Eucaristía se debería ver en muchas historias de donación, servicio y comunión, sin los cuales el ritual carece de relevancia alguna. El anillo de un obispo debería surgir de una historia viva de servicio a la comunidad, sin la que el anillo queda reducido a una simple joya. El simbolismo de un sacerdote como presencia de Jesús debería nacer de una expresiva historia de disponibilidad hacia las personas, sin la cual el sacerdocio se convierte más en un status que en una vocación. Los símbolos de la fe deben poder atribuirse a la historia primitiva de Jesús. Un retorno a la historia de Jesús posibilitaría también que la Iglesia corrigiera las impresiones de extranjerismo que conllevan su doctrina, sus rituales y sus símbolos (EAs 20). Distanciándose de la historia originaria de Jesús, sería probable que los símbolos de la Iglesia hablaran de una historia ajena al propio Jesús.

La Historia de Jesús engendra a la Iglesia. Las historias también forman una comunidad, como ya lo hemos planteado anteriormente. En la experiencia y memoria compartidas, las comunidades encuentran una cohesión y un valor en común. La memoria común de la historia de Jesús engendrada por el Espíritu Santo debería ser la principal fuente de unidad e identidad en la fe de la Iglesia en el continente asiático. Las Escrituras, los sacramentos, especialmente la Eucaristía, las doctrinas, los rituales y toda la Tradición son modos de relatar constantemente la historia de Jesús para mantener Su memoria, el eje de la comunidad cristiana; pero este sentido de comunidad no es una excusa para aislar a la Iglesia con el fin de que pueda preservar su identidad. La historia de Jesús que hace que sea una comunidad cristiana es la misma historia que toda la comunidad debe compartir. En el paradigma de la narración de historias, la Iglesia pierde su identidad si no narra la historia que es su mismísima identidad. “Pues quien quiera salvar su vida, la perderá; y quien la pierda por mí y por el evangelio, ése la salvará”, dice Jesús (Mc 8:35-36). Ha sido la convicción de la FABC de que es la Iglesia entera la que es llamada a la misión. (17) Las Iglesias locales necesitan comprender y difundir los múltiples dones inspirados por el Espíritu Santo para que puedan contribuir a la narración de la historia de Jesús. La Iglesia entera, el fruto de la historia de Jesús, se convierte en narradora de la misma.

Una Iglesia que escucha cuenta la Historia de Jesús. Las historias encuentran su consumación en quien las escucha, pero las historias que se imponen, no se escuchan. La Iglesia en Asia debe confiar en la vitalidad de la historia que brinda, sin pensar ni siquiera en imponérsela a otros. El Papa Juan Pablo II nos cuenta en Ecclesia in Asia que compartamos el don de Jesús de no hacer proselitismo sino como signo de obediencia al Señor y como un acto de servicio para con las gentes de Asia (EAs 20). Dejemos que la historia hable y llegue a la gente. Permitamos que el Espíritu Santo abra los corazones y los recuerdos de quienes escuchan y los invite a transformarse. Las multitudes de pobres en Asia pueden encontrar compasión y esperanza en la historia de Jesús. Las culturas de Asia resonarán con el inquietante desafío de la verdadera libertad que se halla en la historia de Jesús. Las diversas religiones de Asia se maravillarán ante el respeto y aprecio hacia aquéllos que buscan a Dios y la auténtica santidad en la historia de Jesús. La Iglesia en Asia es llamada a que permita modestamente que el Espíritu acaricie a quienes la escuchan. Como narradora del Espíritu Santo, la Iglesia tiene que adentrarse en el mundo y en el lenguaje de los que la escuchan y, desde su interior, relatarles la historia de Jesús justamente como en Pentecostés. (18) Pero eso significa que la Iglesia en Asia debe escuchar atentamente al Espíritu y a los pobres, a las culturas y a las religiones si es que quiere hablar de manera reveladora. Una Iglesia que narra historias debe ser una Iglesia que escucha. (19)

La Iglesia narra la Historia de Jesús de múltiples maneras. Las historias pueden contarse de diversos modos. Así también la historia de Jesús. La Iglesia en Asia, con su rica herencia de narración de historias adquirida desde los hogares asiáticos, vecindarios, religiones y desde su sabiduría tradicional, puede ser creativa a la hora de relatar la historia de Jesús. El testigo de una vida santa, ética y recta constituye todavía la mejor historia sobre Jesús en Asia. (20) La vida de hombres y mujeres santos y de los mártires nos muestra de qué manera está inscrita la historia de Jesús en las personas y en las comunidades. (21) Los hombres y mujeres que se han dedicado a atender al prójimo, como la beata Teresa de Calcuta, son historias vivas que a las gentes de Asia les encanta oír. La defensa de los pobres, el trabajo en pro de la justicia, la defensa de la vida, la atención a los enfermos, el educar a los niños y a los jóvenes, la conciliación, la paliación de la deuda externa y la administración de todo lo creado son diversos modos de volver a relatar la historia de Jesús.

La Iglesia es la voz de las historias que se silencian. Es un escándalo que la supresión de historias ocurra diariamente en muchas partes de Asia. Los pobres, las niñas, las mujeres, los refugiados, los inmigrantes, las minorías, los indígenas, las víctimas de diferentes tipos de violencia doméstica, política o étnica y el medio ambiente no son sino unos pocos de aquéllos cuyas historias son suprimidas. Muchos tienen miedo de las historias que relatarán o ¿tienen miedo de oír la verdad y lo que les demanda? La Iglesia relata la historia de Jesús, a cuyas palabras se hacía, a menudo, oídos sordos, y quien fue ejecutado con el fin de impedir que contara Su historia. De esta manera, en Asia, la Iglesia le rinde tributo erigiéndose en la narradora de los que no tienen voz para que la voz de Jesús pueda oírse en sus historias silenciadas.

 

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